El evento inicia a las 5:45. Piscos de honor

8.13.2010

Miscelánea


Estimados lectores, les ofrecemos una nueva entrega de la edición virtual de nuestra revista. En este número:



PRESENTACIÓN

Carè palo. De cuando el cinismo es más que un hábito... es una obsesión.


CON LOS PANTALONES ABAJO
La historia del Perú.
Lo único que importa es la memoria.


ACERCAMIENTO INSTANTANEO
Lima: mi hogar abierto. Cuando no vuelo también soy feliz.

ALAMBIQUE DE PAPEL
Rememorando los Bosques de Armando Rojas, desempolvamos Bosques, primer libro de poemas de Armando Rojas. Presenta la publicación Antonio De Saavedra, poeta sanmarquino y promotor incansable del neosurrealismo peruano.Incluye PDF de Bosques.

RASTROS DE CARACOL
Famulus. Desde España, poema inédito del nuevo libro de Romy Sordómez: Famulus, de pronta aparición bajo el sello Lustra Editores .


Car'e palo




Cual escolares que regresan de unas inmerecidas vacaciones asomamos nuestra “cara de palo” por el ciberespacio para entregar una nueva entrega de nuestro blog. Desde nuestro último asomo mucha agua ha corrido bajo los puentes que permiten acceder a la Ciudad de los Reyes: se agotó la fiebre del campeonato mundial de fútbol, se apagaron los chauvinismos provocados por los aniversarios patrios, el “lentopolitano” empezó a cobrar pasaje e inmediatamente se quedó vacío, “Lulu” afirma que está libre de “polvo y paja” y ahorita nomás Alex Kouri reanudó sus coqueteos con Keiko.
Luego de haber pasado los feriados patrios asediando infructuosamente el papel, el ordenador; durmiendo horas extras y tratando de encontrar un vínculo más real (que el que nos proporcionan el compartir un idioma, un espacio, una historia llena de violencia, fracasos y postergaciones) con el Perú, con este país en eterna construcción; arrojamos esta breve entrega integrada por alguna ensimismada reflexión sobre las pasadas fiestas patrias, una reseña sobre el libro “Bosques”, del extinto poeta Armando Rojas a cargo de Antonio De Saavedra; un poema inédito de Romy Sordomez, las siempre certeras imágenes de Eduardo Yaguas, así como una perspectiva fotográfica del Centro de Lima.
Una vez más nos ponemos la “cara de palo” para decir hasta la próxima entrega. Para los meses siguientes prometemos largas entregas, con lo último de la producción de nuestros colaboradores, mejores resultados de nuestros asedios al papel (nos estamos encomendando a Santa Rosita) y con la mirada siempre atenta al circo electorero que nos acompañará hasta el año que viene. No nos lean.

La historia del Perú


Por Jaimedonato Jiménez

No hay un pasado
sino una multitud
de muertos

Washington Delgado


Siempre me interesó la historia. Me parece que era el único curso en el colegio al que solía prestar atención. Me gustaban sobremanera las batallas; esos relatos donde ilustres y honorables peruanos se sacaban la mugre por el bien de la patria; algunos de mis profesores las narraban con emoción y elocuencia, tratando siempre de no caer en el chauvinismo.
Entonces uno salía al recreo convencidazo de sus héroes, y alucinábamos ser el Grau del ataque, un Bolognesi de la defensa, el Jorge Chávez de la portería, un Cáceres del mediocampo. Y así con el pecho hinchado le dábamos duro a la pelota. Pum! un cañonazo a la Covadonga, Pum! Recibe esta Abascal, Pum! Chúpate esa Patricio Lynch. Pum! Con esta caes Canterac! Éramos los gramputas, el dream team de la historia peruana, nadie nos detenía, pero eso sólo nos servía los 20 minutos de cada recreo… Y es que si seguimos la lógica histórica ¡Ninguno de los primeros había ganado nada! A lo mucho ganaron el Botín de oro, o el equipo Fair play, pero jamás una guerra. Con el pasar del tiempo me di cuenta que el afamadísimo curso de Ciencias Histórico-Sociales fue en muchas ocasiones un fango de baba, una cantera de calichines.
Las secuelas: las celebraciones del 28 de julio siempre me han parecido una completa falsedad, tanto en hechos como en sentimientos (aunque eso no quiera decir que carezca de sentimientos patrios).
Hechos: ¿fue realmente el 28 de julio el día en que conseguimos la independencia? Y si pudiéramos decir que lo fue… ¿no serían las batallas de Junín y sobre todo la de Ayacucho las verdaderas fiestas patrias? Días en que muchos peruanos y hermanos sudamericanos misios y con huevos dieron revés a una batalla en la que Sucre ya había dispuesto la retirada (ese día también nacieron los muñequitos que marchan a mediodía en el patio exterior de Palacio de Desgobierno).
Sentimientos: Porque donde uno va siempre se ignoran las placas conmemorativas de una plaza, parque, calle, etcétera. Castilla con un ojo quiñado, la estatua de Bolognesi más parece una oda al desgarbo que a la defensa de toda una nación, un Olaya ignorado en su pasaje, un Avelino Cáceres al que nadie le para bola, un Túpac Amaru que hoy en día es sinónimo de violencia social y política. O próceres que deberían ser respetados y mostrados en un evento cultural y son tapados por toldos verracos que sumen en ignorancia el legado que dejaron.
Y estoy lejos de ser un ultra patriota (o patriotero). Me aburre ver la logística bélica de las paradas militares de julio (artefactos que hasta donde sé solo mataron peruanos); la Historia peruana es un álbum de figuritas que busca vender un patriotismo que sólo sirve en elecciones. En los feriados patrios no aplaudí cuando en Cineplanet pusieron el Himno Nacional antes de una función. No me creo ese patriotismo con pinta de tecnopor. Estoy lejos de serlo porque al igual que el 99.99999999999% de nosotros no tenemos la memoria suficiente para saber donde nos sitúamos, ni de quién venimos y, gracias al desgobierno, hacia dónde vamos.
Entonces, cuando nos damos cuenta de ello y miramos hacia atrás ¿qué es lo que vemos? La nada. La memoria colectiva se esfuma, como se esfumaron los recursos del guano y el salitre, como lo era del boom de la pesca, y como se esfumará el oro, la plata, el cobre y el gas de precio huevo. La nada: eso que nos rellenan con Gisela y sus seudoconcursos. La nada: eso que llenan con Magaly TV. La nada: eso que Jaime Bayly llena con su candidatura. La nada: eso que deberíamos de tener presente a la hora de votar y no nos da la gana de recordar.

Lima: Mi hogar abierto

Si vuelo la calle yo veo no solo gente




Observo sus muros vivos




Sus plazas sanas




Con caminantes lejanos y furtivos







Mi hogar abierto, incólume




Es como el tiempo detenido




Se extiende infinitamente en la memoria.


Rememorando los Bosques de Armando Rojas




Por Antonio De Saavedra




Armando Rojas Adrianzén nació en Huancabamba, Piura, en el año de 1945. Realizó estudios secundarios en el colegio San Francisco de Asís de su ciudad natal. Estudió literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos donde se graduó con dos tesis sobre la obra poética de Javier Sologuren para bachiller en Humanidades (1972) y doctorado en Letras (1973). Luego fue catedrático en dicha casa de estudios. Entre enero de 1971 y agosto de 1977, junto a Sologuren y a Ricardo Silva-Santisteban, editan 20 números de la revista Creación & Crítica, el último bastión de la poesía purista peruana frente a lo que lamentablemente ocurría en esos años. En 1973 edita su primer poemario: Bosques, a través de las ediciones Arte Reda y la revista Casa de Cartón, con 6 ilustraciones de Víctor Escalante y bajo el atento cuidado editorial de Javier Sologuren, libro que fue bien recibido por la crítica y por los pocos lectores de poesía en esos años. En 1975 Rojas publica a través de Ediciones De La Clepsidra (que dirigía junto a Silva-Santisteban) una traducción de El Aire Del Agua (1934) del poeta francés André Breton. A fines de ese año viaja a Francia para seguir estudios de postgrado en la Universidad de Estrasburgo y luego laboró como agregado cultural en la parisina embajada del Perú. En esa ciudad funda, junto a varios escritores latinoamericanos, la revista bilingüe español-francés Altaforte (1979-1983), donde se publican obras inéditas de poetas peruanos como César Moro y Jorge Eduardo Eielson, entre otros. En años siguientes publicaría otros destacados libros de poemas, como Sombras Y Quimeras (París: 1978-1979) y El Sol En El Espejo (París: 1983). Armando Rojas falleció en París en 1986 víctima de un inoperable tumor cerebral. Muchos de sus escritos y traducciones se han editado póstumamente, como el poemario Gaviotas En El Lienzo, editado como separata de la revista Umbral en 1988 y luego reproducido en el número 12 de la revista Lienzo en diciembre de 1991; y el poemario escrito al alimón con Silva-Santisteban Canto Al Pie De Las Colinas (Lima: Ediciones Pedernal, 1989). Por el momento queda pendiente de publicar un poemario titulado Dialecto. En 1992 en Uruguay y luego al año siguiente en Lima, Silva-Santisteban edita una amplía antología poética de André Breton con el título de Poemas (Montevideo: Ediciones Trilce; Lima: Jaime Campodónico Editor), conteniendo otras versiones inéditas de Rojas. En 1994 se editó su versión de Canto Para Un Equinoccio de Saint-John Perse (Lima: Ediciones Pedernal, 1994), además de varias traducciones de textos de César Moro publicadas en diversos medios.
Bosques, como bien lo remarca Alberto Escobar en el tomo II de su Antología De La Poesía Peruana (1973), es un gran esfuerzo por erigir un lenguaje propio, al parecer sin desmedro al barullo de la poesía peruana más inmediata al entorno de Rojas. Partiendo de obvias prestadas atmósferas sologurenianas, el poeta logra desmembrar la parsimonia heredada de la poesía vanguardista para moldear un símil entre escritura conllevada y poesía decantada. No creo que solo haya querido ir a contracorriente, sino también demostrar que con tan solo unos cuantos elementos (fijarse en los títulos de las secciones del libro), que pueden resultar al fin repetitivos, se logra construir una poesía sin tiempo ni espacio y comprometida intrínsecamente con las circunstancias que rodean al poeta (recuérdese: hablamos de los convulsos años 60’s-70’s). Más aun sabiendo que posiblemente la experiencia poética de Rojas haya nacido en pleno Huancabamba, lugar mágico y misterioso. Ello no solo es visible en una severa inducción de purismo en sus poemas, sino también en su trabajo intelectual: sus traducciones han quedado como clara muestra del encuentro entre lenguas romances poco distanciadas. Creo que a la postre deberíamos retomar la senda que Rojas nos ha mostrado para asimilar otras vertientes menos conocidas de nuestra poesía. Por ello es valiosa esta reedición en digital. Recuerdo que a mediados de 1996 estuve visitando a Róger Santiváñez en su casa de Villacampa en el Rímac, y tenía a la mano una fotocopia del № 14 de Creación & Crítica en la que se publicó el poema “Montes”, luego incluido en Bosques. Roger –como buen piurano que es— me explicó que la palabra ñija la vociferan los recios campesinos de las alturas de Piura, golpeando sus machetes en el suelo, cuando van a trenzarse en duelo a machetazos por alguna disputa territorial o afectiva. Rojas también desafió a su época, frustrada por no saber usar sus propios referentes rumbo a una poesía autentica, dilema que resolvió en cierta manera con Bosques.

Descarga "Bosques" en pdf




*Antonio De Saavedra (Lima, 1974)
Realizó estudios de Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Publicó el libro de poemas Laguna de Electricidad (1998). Prepara un nuevo libro titulado Holoturia. Textos suyos pueden leerse en:
www.antoniodesaavedra.blogspot.com. Contacto: andesaa@yahoo.com

Famulus (inédito)


Alejandro Xul Solar, Tu y yo, 1923





Poema 1

Yo no fumo, pero puedo acostumbrarme

como se acostumbra uno a la desesperación

y a la desesperanza,

puedo acostumbrarme a las ciudades vacías,

al frío helado que abofetea mis mejillas,

al té verde después de las comidas,

a los ánimos alterados,

a las falsas certezas

que se repiten reiteradamente

en mi tímpano deprimido.

Yo no fumo, pero puedo acostumbrarme

a los baños públicos,

a los horarios rotativos de fin de semana,

a los viejos ascensores de un viejo piso madrileño,

a los ciclistas y sus bicicletas y sus cascos,

a la casa vacía sin tus libros,

a los espacios abiertos y a mi claustrofobia,

a las ambulancias esperando fuera de casa.

Yo no fumo, pero puedo acostumbrarme

como se acostumbra uno

a los ceniceros debajo de la cama,

a tu música odiosa y a mi tímpano deprimido,

a los desórdenes cuando te alteras,

a ese pequeño espacio tuyo para cagar.

Todo parecería perfecto

si se pensara que hablo de la costumbre

de hablar de la costumbre en estos tiempos salvajes;

pero no es así.

Yo no fumo pero puedo acostumbrarme.



Romy Sordómez Patiño (Lima, 1982).
Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde integró el grupo poético Sociedad Elefante, bajo cuyo sello editó (en una plaqueta bifronte que incluye Espejo de carbón de Miguel Sanz Chung) Vuelta alrededor del parque. Ha publicado los poemarios Vacas negras en la noche (Sarita Cartonera, 2004) y Présago (Santo oficio, 2005), que para Ricardo Gonzales Vigil «ha alcanzado una madurez expresiva digna de relieve en el poema de sostenido aliento». Actualmente reside en España. «Poema 1» está incluido en Famulus, de pronta aparición en Lima bajo el custodio editorial de Lustra.

6.18.2010

Tráfico de relevos



Hemos interrumpido la transmisión de lo que normalmente hacemos en este blog. La señal se reactivará apenas tengamos el cerebro suficiente para volver a escribir y las secuencias cerebrales nuevamente estén en ritmo de chachachá. Para pasar piola contamos con la complicidad y alcahuetería de nuestros amigos y colaboradores que en una suerte de manejo fujimontesinista nos harán (al estilo de las vírgenes que lloraban) la cortina de humo creativa que necesitamos para estirar los pies (el cerebro).

Tampoco crean que esto es un Jipijay chonguero, ni unas vacaciones, ni esos floros que nuestras viejitas dicen cuando uno se pega la tranca del siglo a mitad de semana. NO. Hemos recibido harto camote en el día de la presentación el pasado jueves 3 de junio, y decidimos hacer de esta, una entrega especial.

¿Las novedades? Tenemos el relato Click Hier, que quedó finalista en el III Premio Cryptshow Festival de Relato de Terror, Fantasía y Ciencia Ficción de Barcelona, España; cortesía de nuestro subversivo colaborador y amigo Roberto Roig. Desde Cuba, y gracias a las gestiones de Gladys Mendía nos llega un adelanto especial de Luis Yuseff. La misma Gladys Mendía nos trae una reseña del libro Orange Ode del poeta peruano Raúl Heraud.

Para compartir algo de la noche de la última presentación de nuestra cuarta entrega con quienes no pudieron asistir, les mostramos el texto que Héctor Ñaupari preparó para esa entrañable noche. Y para los que se preguntan o alguna vez se preguntaron porque somos tan tercos cerramos la entrega con una suerte de memoria de estos más de cinco años trepados en el lomo de nuestra tortuga.

La gracia está hecha. El mar no retrocede en luna llena, y a este Jinete no lo rompe ni el caparazón que lo sostiene. Hasta más vernos.

Los Jinetes

La memoria de los Jinetes


El año pasado en el mes de noviembre, en esta misma sala (de la Casa de la Literatura Peruana) participamos en una mesa redonda donde intercambiamos algunas ideas con los miembros de otras publicaciones literarias. Esa noche alguien dijo que emprender un proyecto editorial, organizarse y trabajar para sacar una revista de literatura, venía a ser un acto heroico. Recuerdo que esa noche celebré la frase, pero varios meses después creo que no era una frase acertada; porque cuando uno traza un camino, lo único que puede hacer es andarlo, por más difícil que resulte; pero los actos heroicos nunca son pensados, calculados y quizás allí sí haya alguna coincidencia con el hecho de sacar una publicación como El Jinete de la Tortuga.

Así nació la revista. No fue un proyecto porque de lo contrario hubiera tenido un norte, un objetivo general y otros específicos, entre otras cosas. En esos primeros años solo teníamos tres certezas: queríamos publicar, dar a conocer, a gente joven que le dedicara más que sus ratos de ocio a la literatura; todos estábamos comprometidos y todos queríamos que cada entrega fuera mejor que la anterior, ese fue desde el inicio el derrotero de las primeras entregas.

Para la cuarta edición se pensó incluir narrativa y poesía. Inicialmente se previó trabajar únicamente con los textos que se obtendrían producto de la convocatoria que lanzamos en enero del 2008. Sin embargo el resultado de la convocatoria fue favorable en cuanto a calidad, más no en cantidad. Seleccionamos tres autores por poesía y tres por narrativa. Era poco. Fue allí cuando se decidió incluir textos de los miembros del comité editorial y empezó a germinar la idea de trabajar dos dossier. Y esto es significativo porque la elaboración de dos dossier ha sido el esfuerzo más grande que hemos realizado como comité editorial. Decimos esto porque no sólo implicaba el doble esfuerzo editorial y de diagramación, sino también la parte más dolorosa y sufrida: el dinero.

Aún así, se empezó a trabajar cada dossier por separado. Abusando de la buena voluntad de los narradores empezamos a corregir, con ellos, los textos en unas cuantas reuniones que pretendían ser una suerte de talleres improvisados en cafeterías, pollerías, juguerías, etc. que se prolongaban en correos electrónicos y conversaciones por chat. Para la sección de creación del dossier poesía se encontró como elemento vinculante esta suerte de “poema tributo” o “canto a los héroes personales” que encontramos entre los textos que enviaron los autores seleccionados. Tenemos por ejemplo un poema de K. Valcárcel, dedicado a Frida Kahlo, otro de Ludwig Saavedra en el que Charlie Parker es el protagonista, o el de Jhon López en el que se idealiza la figura de Julio Mau. Pero esto sólo nos permitía incluir un poema por colaborador y bajo la premisa del tema, el entonces miembro, Juan Pablo Mejía invitó a algunos amigos enviar sus textos. De manera similar se consiguieron las retrospectivas elaboradas por Sonia Luz Carrillo y Jhony Pacheco. Luego llegaron las traducciones, gracias a la generosa colaboración de Oscar Limache y José Cáceres. A la convocatoria también llegó el adelanto de un libro de Gladys Mendía, que quisimos incluir como tal en una sección aparte. Luego quedaba por resolver el problema de las imágenes. Inicialmente se pensó tomar fotografías de la ciudad, pero el proyecto era demasiado ambicioso y las primeras fotografías nos dejaron insatisfechos. Por esos días conocimos a Eduardo Yaguas y cuando le propusimos ilustrar los dossier aceptó encantado.

De modo general fue así como se reunió el material y se plasmó los dos dossier. La consigna siempre fue que la entrega estuviera lo mejor posible, pero los plazos se vencieron una y otra vez, el presupuesto inicial no cubría ni un tercio del costo final, y pese a que los colaboradores tuvieron mucha paciencia, en más de una ocasión escuché o leí preguntas y frases como: ¿cuándo sale? ¿Ya está? Ya va ser más de un año. ¿De verdad va salir no? Esto no es una disculpa, pero es importante saber, que esta entrega nos encontró fuera de esa burbuja que llamamos San Marcos, nos encontró gastando suela para buscar trabajo pensando en qué carajo sería de nuestras vidas (cosas que hasta ahora no sabemos) y sumado a esto nuestros horarios no coincidían (vivimos al extremo este, el extremo norte y al sur de la ciudad y el centro rara vez suele ser un buen lugar para hablar de cosas serias, planificar, etc.); luego de nuestras actividades diarias se hacía difícil concentrarse y trabajar un par de horas en las pocas reuniones que podíamos concertar en Surquillo o San Juan de Lurigancho, unas veces nos dejábamos llevar por la chacota, y otras veces el alcohol provocaba conversaciones que terminaban alejándonos del motivo de la reunión.

En este contexto un tanto hostil, en las constantes discusiones, más de una vez nos cuestionamos si valía la pena seguir apostando por algo que no daba réditos, pero vimos hacia atrás y con no poca terquedad decidimos continuar. Sin embargo este pesimismo nos hizo buscar en lo cotidiano, mirar la ciudad y sus habitantes con otros ojos, y si bien esto apenas se insinúa en el dossier narrativa, es un elemento presente en las últimas entregas de nuestro blog y será el elemento central de lo que está por venir con nuestra tortuga y nuestro jinete.

Con altibajos, con ocho meses de retraso, pero con la firme decisión de imprimir este Jinete, pudimos presentar esta cuarta entrega en diciembre del año pasado y hoy 3 de junio, podemos reafirmar que este jinete no detendrá su caminar.

Muchas gracias.

Acompañando al Jinete de la Tortuga



Por Héctor Ñaupari

Palabras de Héctor Ñaupari con ocasión de la presentación del Dossier de Poesía “El Jinete de la Tortuga

Casa de la Literatura Peruana, 3 de junio de 2010

No he podido menos que sentirme ávidamente emocionado con la lectura de los excelentes poemas que conforman la última edición del Dossier de Poesía El Jinete de la Tortuga. Ha sido una sorpresa agradable desde su primera página, como un beso cariñoso e inesperado en la mañana, o el sorbo inicial a una buena copa de vino, riojano e intenso en su casi negrura. Sobre todo, con una declaración de intenciones que confronta todas las manifestaciones colectivistas de nuestras letras, la publicación de Juan Pablo Mejía, Jaime Donato Jiménez Palomino, Hidalgo Calatayud y Luis Alberto Reque afirma sin ambages ni rubores que “el disfrute de la poesía es individual y está ligado a la soledad, al silencio, a espacio donde la lectura se da a su plenitud”.

Como sabemos, el proceso de colectivización de la poesía en el Perú tuvo su punto más alto con el Movimiento Hora Zero, donde la poesía sólo se manifestaba como expresión conjunta de todos sus integrantes, su adhesión a las ideas socialistas era la norma irreductible y su desenvolvimiento en comunas era la manifestación de su eterna adolescencia y vitalidad, pero en todo ello se encontraba – oh justicia poética – también el germen de su propia destrucción.

En efecto, así como la vida se abre paso a pesar de las inclemencias de la naturaleza o las fauces implacables de las fieras, o como la libertad encuentra siempre modos creativos, peculiares e inesperados de surgir en las sociedades más cerradas, y con ello amenazar a sus poderes oscuros, la consideración individual de la creación literaria también encontró cabida en los grupos literarios peruanos, en una suerte de eco en reversa, donde del susurro se va pasando poco a poco al grito y de allí al aullido ensordecedor.

Vemos que las décadas del ochenta y del noventa del último siglo, y la primera de éste, describen una suerte de elipsis, una vuelta hacia lo esencial, un tránsito imparable hacia el gozo individual de la poesía.

Pecando de inmodesto – un estado natural en mí – creo estar en condiciones de afirmar que los integrantes de la generación poética del noventa somos una suerte de punto de quiebre entre el colectivismo y el individualismo literarios, pues si bien subsistíamos como un grupo, nuestras propuestas eran todas individuales, disímiles y hasta contrapuestas. Con sus matices, tales eran las expresiones literarias de otras agrupaciones. Semejábamos más una tribu literaria urbana antes que un colectivo socialista disciplinadamente organizado.

De allí, a estas iniciales y promisorias luces de individualidad poética, cabía un solo, dramático e irremediable paso, semejante al que dio Odiseo al descender a los infiernos para buscar al ciego adivino Tiresias, o el que llevó a Mersault a la pasividad y el escepticismo al que le condena Camus en El extranjero.

Que el Dossier de Poesía El Jinete de la Tortuga que presentamos sea, a su vez, un ejercicio diligente y un poderoso mensaje a favor de la buena literatura, lo vemos desde que hay un sólido texto por poeta, lo que constituye la mejor manera de describir el actual instante de nuestras más jóvenes letras.

Todos estos poemas están magníficamente escritos, como si la genialidad dispuesta en uno fuese a su vez el dormido demonio del segundo, y así, como un espejo que frente a otro repite la imagen de quien se mira en él, de modo innumerable. Tienta, de esta suerte, hacerles a los editores y compiladores la misma pregunta que se hace el poeta William Blake sobre el fiero Tigre: “¿Qué mano inmortal, qué ojo pudo idear tu terrible simetría?”.

Observo en los poemas de este Dossier una exultante rebelión del individuo creador, del yo poético ante un entorno decadente, donde la privacidad se ha esfumado, y en el que se hace patente una violenta exaltación de la personalidad, que es lo que se manifiesta en los poemas que integran esta publicación.

Sumergidos en tinas o en sombras, furiosos y dolientes ante el abandono del ser que amaron o el robo de sus pertenencias, los poetas del Jinete de la Tortuga convierten al mundo es una proyección de sus propias naturalezas. Su ser individual lo trascienden en el texto, se arropan en él. Nada más. Y sólo puede ser eso, pues, ¿qué más debe ser el mundo sino una extensión de nosotros mismos?

La brillante poesía de los antologados supone una respuesta a aquellos críticos nefastos que decretan la muerte de la poesía peruana, que la desprecian, o que sostienen que escritoras como Clorinda Matto o Mercedes Cabello, que fundaron la literatura moderna en el Perú, son de cuarta categoría. Ellos no ven más allá de sus propias narices y se espantan de sus pequeñas sombras, por eso hay que “ganarles la alondra para que la casa cambie de aroma, de oscuridad”, como sostiene el poema Cabe otro vivir inesperado de Antonio Claros, bellamente compilado por la profesora Sonia Luz Carrillo.

Algunos ejemplos. Con singular maestría, Karina Valcárcel me lleva a la melancolía, cuando escribe “todo mi pasado está aquí, flotando como un cadáver abandonado que contamina mis intentos de fuga”, en su confesión a la pintora Frida Kahlo titulada Carta poema. Lo mismo en la tarea de “cubrir mi enorme soledad con mudas palabras de barro”, como detalla Paolo Astorga en el poema que lleva el nombre del autor de Los Irises o El dormitorio de Arlés.

Ese desasosiego también prende en lo que expresa Ludwig Saavedra: “Tan querida es tu luz por mi sombra”, y que tiene la creativa insolencia – doblemente buena por eso – de definir, en esa sola frase, la obra entera del Bird Charlie Parker. Finalmente, el trance de la separación, el delirio por el abandono se deja sentir como un guijarro que sisea al dar contra la sien: “perderte para siempre todos los días es mi noche”, dice Fredy Yezzed en Mariposas negras para Juan Rulfo.

Yo también pienso, junto con Antonio Carrasco, que Bukowski era un huevón, pero no sólo porque no podía eliminar sus remordimientos personales, sino por haber condenado a generaciones de poetas y escritores a creer que es valioso y fructífero vivir como una rata en las alcantarillas. Más aún, el autor de Hijo de Satanás es un viejo sátiro que ha pervertido las mentes de una generación entera de escritores, que creen devotamente que la senda del perdedor es la única por la que deben discurrir.

Confundiendo la presa con la sombra, casi todos ellos creen los únicos temas de la literatura son la sangre, la suciedad, la prostitución, el travestismo, el miserabilismo, los hoteles derruidos y malolientes, la drogadicción y la violencia. Olvidan lo que su propio mentor les dice en el poema Como ser un gran escritor:

“agarra una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa,
dale duro.
haz de eso una pelea de peso pesado.
haz como el toro en la primer embestida.
y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievski, Hamsun.
si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza...
entonces no estás listo”.

Esta lectura parcial y malintencionada del propio viejo indecente ha vuelto a muchos escritores peruanos vulgares matarifes, que únicamente se dedican a exponer vísceras animales –sobre todo las suyas– y a exhibirlas con los ojos brillosos y perdidos de los maniquíes, en un camal al que llaman poema, novela o cuento.

No puedo dejar de mencionar el delirio del poema de Gladys Mendía, que con la fuerza de un atleta nos deja sin respiro en su texto el alcohol de los estados intermedios, cuando escribe: “no hay movimiento la caverna es el espacio sin forma / sin forma ni claridad no hay reflejo / pero todo arde viéndose / el incendio es el parpadeo que se ve en el espejo”.

Para concluir, pienso que el dossier de poesía del Jinete de la Tortuga es irreductible, como la poesía que contiene, al decir de Mario Quintana. Sólo “podrá ser un horizonte donde el tiempo y el espacio cuelgan sus sábanas”, como escribió Antonio Claros, si continúa por la senda solitaria y luminosa del poeta. En ese caso, nada más me queda desearles que la tempestad y la pasión, el “sturm und drang” de los románticos alemanes, habite entre ustedes siempre.

Muchas gracias.

Click Hier


Por Roberto Roig

Aquí, sentado en la terraza mientras llueve, mirando una rara estrella-proyector (estrella-proyector), y aún cuando padezco de insomnio, mantengo mi respeto por la noche. El respeto por la noche que tienen hasta los ladrones. En mi caso como ladrón de ideas.

Podría decir que es por la gritería de las ranas que he perdido el sueño, pero como soy honesto, diré lo siguiente: Cuando se detiene la lluvia salgo con mis botas, una linterna y un hacha al cinto para talar algo de leña del bosque de eucaliptos. En lugar de robar madera en lo alto, bajaría a la caleta para recolectar acelga, pero tengo una condición frecuente que, mientras duermo, me hace ver una secuencia de acelgas y caracoles azules semienterrados en la arena y que, después de recogerlos, se convierten en duraznos rojizo-anaranjados. Esto no es un sueño ni una pesadilla, sino como actuar en otra película... o en otra vida... Un vertiginoso flash de segundos. Ahora ya no me asaltan estas imágenes porque ahora ya no duermo. Ahora prefiero subir el cerro acompañado por las numerosas ranas, mi propio silbido, el sonido del mar y el ruido de algún automóvil. De pronto todo es silencio, paro de silbar y oigo una voz que me dice: «Estoy vigilando lo que comes». Es la voz de mi interior. Prosigo mi camino. Por suerte, antes de entrar al bosque, las ranas saltan alrededor de (o me indican) un tronco de poco más de un metro que dejó otro leñador. Termino de derribarle, descanso un pie encima y miro a lo lejos, por unos segundos, el reflejo de la luna llena sobre el mar... Apoyo el tronco en la rodilla y lo subo muy bien al hombro. Bajo corriendo a pasos cortos. Cruzo la autopista sin mirar. Intento no aplastar alguna rana ¡No-Rojo! ¡No-Rojo! Voy muy rápido, bajando más rápido, incluso saltando charcos y de roca en roca como Caupolicán ¡No-Rojo! ¡No-Rojo! Me tuerzo un tobillo, resbalo y me saco la mierda. Quizá por compararme con el héroe Caupolicán me recobro del barro; pero ahora me parezco a Cristo en la pasión y la voz empieza a repetirse con insistencia en mi cabeza: «Estoy vigilando lo que comes» «estoy vigilando lo que comes» «vigilo lo que comes». Es la voz de mi estómago.

Diré que es por el insomnio que he empezado a comer de manera desmedida, o quizá para estropear mi estómago, pero mi afición por las ranas aumentó tanto, que estuve por acabar con ellas. Mi hermana trató de impedir esto dándome parte de su comida y también amarrándome las manos. Poco después mostró una delgadez extrema. Mi madre dijo que fue por una decepción amorosa. Para desmentir otro tipo de rumores, la hizo vestir ropas con relleno y me obligó a llevarla de paseo para que pudiera parecerle saludable al resto de la gente.

Pronto ya no fueron las ranas. Pronto nos invadió una plaga de insectos azules luminosos cuyo aspecto iba de acuerdo a nuestro estado emocional subjetivo. Los consumí como harina. De noche hacía un recorrido similar al que hacía con mi hermana en sus paseos de día. Sacudía árboles y los insectos caían como frutas maduras. Luego de cocinarles en grandes ollas, los dejaba secar en el techo sobre costales de harina. En el molino me pedían un saco de harina de insecto como parte de pago. Ellos utilizaban el producto para darle a sus pollos y cerdos que criaban. Pero no era ésta una comida como las demás. No era ésta una comida «boca-culo» mi cuerpo no la desechó, sino que mi piel empezó a irradiar una luz azul. 720 kcal por cada 100 gr. Mis poros rebosaban de ectoplasma. Procuraba no correr (no hacer movimientos violentos) pues eyaculaba y me retorcía en orgasmos. Aquella luz manchaba al contacto y dejaba rastros azules que desaparecían a los segundos. En mis sábanas dejé la marca de mi cuerpo como en un sudario. Al contacto con una chispa la luz se inflamaba en fuego sin calor. La encantadora señora de la panadería dijo que sentía un hormigueo radioactivo a mi contacto. Otros creyeron que yo era un profeta.

Después de estas experiencias me inscribí como miembro permanente en la venerable asociación del hambre ASODHAM (+). Por una cuota semanal nos alimentaban con una pequeña cantidad de leche proveniente de la madre tierra. Cuando recibí la visita del presidente de la asociación, Mario B. Dijo que podía pagar con la leña cortada que tenía apilada en el patio trasero. Con toda esa leña podía estar dos meses como miembro, pero solo soporté dos semanas en ese estadio, hasta que mi piel perdió su color azulado y retornó al blanco pálido.

Los mismos dirigentes de la asociación del hambre —el mismo Mario B.—, cuando supo que había dejado de asistir a sus reuniones, me recomendó visitar el restaurante “El Campo” perteneciente a la asociación en contra del hambre ASOCHAM (-) para no sentir los efectos del cambio de hábito alimenticio. También ellos dirigían aquel restaurante, por eso me dieron crédito. Escondido en una caleta, el restaurante solo atendía en invierno y cuando el frío era intenso. El calor que emanaba del recinto era tal, que la reverberación deformaba la imagen de todo objeto situado hasta los cien metros de distancia, fueran carretillas, sombrillas, leña, estufas, cactus, arbustos, rocas y una locomotora antigua que servía de atracción... Entonces comprendí el por qué del nombre del restaurante. El restaurante se llamaba “El Campo” porque era un campo de calor, una concentración de energía. O sea, que no se ingresaba por la puerta, sino sumergiéndose en el “Campo” en donde se operaba también un cambio físico. Entonces entro por la puerta y detecto la presencia de varias teteras y estufas portátiles es lo primero que encuentro y empiezo pidiendo un caldo de pollo y pescado llamado: “Caldo basado en el hambre”. En un momento miro distraídamente a un lado y noto que alguien me observa. En realidad soy yo reflejado en un espejo y lo extraño es que mis facciones han cambiado, se han transformado. Pido luego un café. El café y el caldo han sido preparados con agua hirviendo del infierno. Si el caldo me dio aspecto de judío, el café me dio orejas de burro. Mis poros se abrieron y sentí el FLHUIR del ectoplasma lo que me ocasionó una gran aflicción y dolor. El ectoplasma se asentó en el piso como niebla pesada, como vapor de té. Después de formar una blow-burbuja delante de mí, adquirió forma humana y se materializó. Era Nietzsche ante mí. Lentamente miró a su alrededor. Su rostro decía: “Sospecho que algo anda mal”. Su figura, sus formas, aparecían y desaparecían a velocidad supersónica, puesto que estaba aquí y en el más allá* a la vez. Pero pronto esta intermitencia fue haciéndose más lenta. El intervalo de tiempo de sus apariciones fue dilatándose. Primero segundos, luego minutos, cinco, diez, veinte...Y quizá, víctima del efecto declive, desapareció, definitivamente, del restaurante, de la escena por la cual estábamos siendo proyectados. Click.


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* En el más allá literario

Sobre Orange Ode de Raúl Heraud



Por Gladys Mendía

Estoy en el Teatro “Lázaro Peña” de La Habana, Cuba, en un concierto homenaje al Bicentenario de los pueblos de Nuestramérica en el marco del XV Festival Internacional de Poesía; todo ha quedado a oscuras, de repente el lado derecho del escenario se ilumina y aparece una figura de blanco, comienza a recitar unos versos que nunca habré de olvidar y que dos días después, leyendo del libro que su mismo autor me obsequia, he reconocido: “Good Bye Blue Sky”. Estoy hablando del escritor y editor peruano Raúl Heraud (Lima, 1970) y su más reciente creación Orange Ode (Editora Mesa Redonda, Lima, Perú 2009).

Este libro es breve, apenas 19 textos, pero de una contundencia y densidad tremenda. Cada poema en prosa es un golpe seco: me interno en la locura, la muerte, la desolación, la contínua pregunta sobre Dios, la pérdida de la esperanza; me hace recordar las películas de Ingmar Bergman, mi cineasta favorito. Leo y releo ansiosa estos monólogos del mundo íntimo, monólogos psicológicos inteligentes y sublimados al lenguaje poético. Poesía desde el nivel mental, pero no por ello fría y calculadora, para nada, todo lo contrario, transmite un efecto cálido, de sentirse identificado como un personaje más en el teatro de la barbarie humana y sistémica:

cientos de personajes deshumanizados

interpretan hasta el hartazgo

la crueldad de sus historias

el telón se levanta

mientras dañas tu otro yo

a mansalva

cadáveres sin alma

hechos a la medida de sus muertes

ríen salvajemente…

El lenguaje es íntimo, fragmentario y a la vez total, es como si una voz hablase por todas las voces con la angustia y aceptación de un destino fatídico. Esta voz nos abre su alterado estado de conciencia, nos confiesa sus paranoias, neurosis, depresiones; voz que puede ser la tuya, la mía, la nuestra. Las sombras, el estiércol, las carcajadas agudas, lo efímero y frágil, los sueños obsesivos, las alas rotas, el grito desgarrado; todo forma parte de esta existencia incierta y al borde del abismo, la cuota de tragedia que nos toca en el teatro del dolor que es la vida. Heraud desnuda la condición humana en 5 magistrales versos del poema Sodoma:

Así es como he perdido los años

dentro de este manicomio sin muros

buscando a Dios en la basura

donde la esperanza enferma

y la vida hiede…

En esta poética todo tiene su justa medida; el silencio y el sonido, las imágenes nítidas y el ritmo pausado, las indagaciones constantes, las rotundas afirmaciones o negaciones. Orange Ode, que convoca a los arquetipos griegos, a los poetas malditos, está estructurado como una obra de teatro o composición musical para la noche más oscura del alma donde los ilusionistas de alas rotas sabemos que:

nada es real

excepto el llanto mudo

en la penúltima butaca



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Raúl Heraud (Lima, 1970) Poeta, Licenciado en psicología. Ha publicado los poemarios “Hecho de Barro” 2001 y “Respuesta para tres o cuatro” 2002 bajo el fondo editorial de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega, “El Arte de la Destrucción” 2006 (Premio “Hermandad Latinoamericana”, otorgado por la editorial Creadores Argentinos – Buenos Aires Argentina). “Teatro de la Crueldad” 2009 (Afa Editores), presentado durante la FIL de La Habana Cuba. Fue representante internacional de la Casa del Poeta Peruano. Ha sido incluido en antologías sobre Poesía peruana como “El ojo de la aguja” (U.I.G.V. 2003), “Ríos viejos voces nuevas” (Casa del poeta peruano 2004), “Cuentos Reales” (U.I.G.V. 2005), “Manual de Literatura Peruana” (Afa Editores 2008). Técnicas de Restauración Poética (ediciones Altazor 2008), Antología Poetas del mundo– Revista Hispanoamericana de Literatura (Afa Editores 2009 ). Parte de su trabajo poético se encuentran en Diarios y revistas de la capital y de diversos países como Argentina, México, Chile, España, Cuba, Brasil. Poemas suyos fueron traducidos al catalán, italiano y portugués. Ha participado en festivales de poesía tanto en Perú como en España, Argentina y Cuba. Ha sido musicalizado por el canta autor peruano Carlos Alberto Cárdenas. [Biografía y selección de poemas:Gabriela Velit]

Gladys Mendía (Venezuela, 1975) Técnico Superior Universitario en Turismo. Estudios de Licenciatura en Letras. Traductora del portugués al castellano. Sus libros: El tiempo es la herida que gotea, Paracaídas Editores, Lima, Perú, 2009 y El alcohol de los estados intermedios, Editorial El Perro y la Rana a través del Sistema de Imprentas Regionales del Estado Táchira y Nadie Nos Edita Editores, Venezuela, 2009. Es corresponsal del Magazine Páginas de Nuestramérica, el programa cultural Los Impresentables, ambos de Colombia, y de la Revista Internacional de Teatro y Literatura Alhucema, Granada, España. Es editora de la Revista Literaria Latinoamericana Los Poetas del 5, desde el año 2004. www.lospoetasdelcinco.cl

contacto: mendia.gladys@gmail.com

Canción Napolitana

Por Luis Yuseff


Yo siempre quise tener un perro de aguas ladrándole a la soledad.

Y me fue dada una calle de mar anchísima

por la que parten cada año los amigos. El gris de su lejanía.

Cuerdas para atarme al pasado.

Los ojos verdes de Tania se parecen a Madrid.

Ajena y entrañable. En La Gran Vía. O en el Canal de Panamá, sacando su voz del pecho. Reconociendo la libertad nuevecita. El grito contra el enemigo común, por vez primera, sin altavoces. Sin ser convocada por los oficios del deber obligatorio. En nombre de/ por/ para/ con/ sin. Sólo una emoción real cuando me escribía “Mercedes cantó Dale alegría a mi corazón... Le saqué una foto que conservo aún dentro de mi cámara, pensando en ustedes y en los deseos de que estuvieran allí”.

Isell, en Viena, continúa enojada conmigo. Y la comprendo.

Como fe de vida me dejó un fragmento transcrito de “Primavera con una esquina rota”. Y una última visita el día antes de marcharse a Austria.

A hacer muelles. Los resortes –dice– de su felicidad.

Lourdes dibuja sobre el papel de rosas en Isla Negra. Imita soledades con las fibras alcalinas.

Junto a mis afectos ha dejado un piano de barro. Una caricatura atroz. Y el hueco en la altanoche por donde se escapaba tomada de la mano por la tristeza de turno.

Mis amigos ya no se parecen a mis amigos. Han aprendido otras lenguas y beben agua embotellada. Tanto cambiamos de un lado y otro.

A veces deseo que nunca más regresen.

Creo que no me reconocerían.

También yo me he transformado.

Mi cuerpo se ha vuelto de agua. A diario me surca la estela.

Levanto señales de humo. Hago ondear el pañuelo en el aire como en una canción napolitana...


LUIS YUSEFF
(Holguín, Cuba, 1975). Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la Asociación Hermanos Saíz (AHS).Tiene publicados El traidor a las palomas (Eds. Holguín, 2002); Vals de los cuerpos cortados (Eds. Holguín), Yo me llamaba Antonio Boccardo (Eds. Almargen), Esquema de la impura rosa (Eds. Vigía), y Golpear las ventanas (Ed. Letras Cubanas), todos en el 2004; Salón de última espera (Casa Editora Abril, 2007), Los silencios profundos (Eds. Holguín, 2009) y La rosa en su jaula (Ed. Oriente, 2010). Ha recibido varios premios, entre ellos el Premio de la Ciudad de Holguín, Premio Alcorta, Premio Anual de Poesía “América Bobia” y Pinos Nuevos, en el 2003; Premio Calendario (2005), Premio Nacional de Poesía “Adelaida del Mármol” (2008), Premio Oriente de Poesía José Manuel Poveda; José Jacinto Milanés de Poesía y el Premio de Poesía La Gaceta de Cuba, todos en el 2009. Poemas suyos aparecen recogidos en varias antologías, revistas y periódicos de Canadá, Perú, El Salvador, Honduras, México, Nicaragua, España y Nueva Zelandia.