El evento inicia a las 5:45. Piscos de honor

4.07.2010

Instantáneas - Primera parte


Por Adán Calatayud


I


Ignoraba cuánto tiempo llevaba sin detenerse ante un quiosco de periódicos para leer los titulares. Esa manía nacida en la adolescencia, luego de comprobar que nunca podría leer ni el veinticinco por ciento de un diario y que por lo tanto no había razón para comprarlos y llenar su escritorio de papeles que con el tiempo se teñirían de amarillo y le harían recordar la vieja biblioteca del caserón familiar en La Molina Vieja, llena de periódicos de mitad de siglo y libros de derecho, donde arropados con un abrigo de lana y fumando una pipa anacrónica, pasaron la mayor parte de sus vidas su abuelo y su padre; regresó una mañana de los primeros días de enero. Cuando llevaba recorridas unas cuantas cuadras de Larco y empezaba a sudar se aburrió del jueguito ese de asociar cada cosa que pasaba ante sus ojos con las letras y melodías de las canciones que los audífonos del reproductor de compactos hacían estallar en sus oídos. El juego del videoclip en vivo y en directo, en cinemascope, perdió vigencia, pensó. Tenía que suceder así, hace mucho había cumplido su ciclo, era un recurso tan de adolescente, tan MTV, que en la actualidad apenas era útil para soportar el tráfico infernal de las calles del centro de Lima. Apagó el reproductor, se quitó los audífonos y se acercó al quiosco de periódicos del cruce de Larco con 28 de Julio. DRAMÁTICA SE PEPEA POR TECLO BILLETÓN, fue lo primero que leyó al acercarse a la sección de diarios chichas. Letras rojas, sombreado en negro, sin adornos, en altas, en un tamaño enorme: un titular de diario sensacionalista que él no terminaba de entender. Más abajo, una fotografía a lo ancho de la página donde unos enfermeros empujaban una camilla que transportaba una mujer inconsciente, en una esquina, en un recuadro pequeño, el retrato de Raquel, tal como se le veía en su documento de identidad. Entonces empezó a dudar entre mirar las fotografías, tratar de descifrar lo que decía el titular o salir corriendo de allí. Abría y cerraba los ojos, retrocedía unos pasos, tomaba aire, trataba de respirar con normalidad, contenía el aire, regresaba a mirar la portada del diario, se rascaba la cabeza, se mordía los labios, se cogía el rostro y no dejaba de pensar: es mi culpa, es mi culpa.


II


¿Cuántos años tenías?, ¿diez, once? Es muy difícil que puedas recordarlo todo con exactitud: tu edad, la ropa que vestías, como llegaste a ese lugar luego de escapar de la custodia de la tía Paula, el revuelo que se armó en la casa cuando se enteraron tus padres, nada de eso recuerdas y cuando en alguna reunión familiar la tía Paula contaba la anécdota, lo único que aparecía una y otra vez en tus recuerdos, cual si fuera una escena vivida apenas segundos atrás, eran los disfuerzos, las muecas, las contorciones de brazos, piernas y espalda que hacía Raquel para ser idéntica a la imagen que los dibujos animados ofrecen del Jorobado de Notredam. Claro, en ese instante no sabías que era una chiquilla de aproximadamente dieciséis años la que llevaba puestas unas zapatillas caladas, que vestía un pantalón negro hasta las canillas y que bajo su poncho marrón unas esponjas simulaban la joroba, tampoco que su nombre era Raquel. La función terminó, el jorobado se metió tras un biombo y luego apareció una muchacha de rostro blanquísimo, de mediana estatura, ágil, divertida, con la piel tan suave y delicada que parecía imposible que minutos antes hubiera deformado su rostro una y mil veces para encarnar a Cuasimodo. Que caminaban por Shell y que cuando la tía Paula se detuvo a comprar un helado saliste corriendo quién sabe a dónde, que luego de buscarte por un par de calles te encontró sentado en una de las gradas del pequeño anfiteatro del parque Kenedy contemplando una función de teatro callejero, que la tía Paula no pudo sacarte del anfiteatro y tuvo que sentarse contigo hasta que terminara la función; todo eso es parte de la historia que la familia conoce, pero nadie sabe que esa tarde, luego que la tía Paula te llevara a casa, iniciaste una búsqueda que duró más de una década y terminó cinco años atrás, en la casa del tío Eduardo.


III


El abuelo era abogado, tu padre, su hijo mayor, era abogado; tú, el hijo mayor de tu padre, serás un gran abogado; serás como tu padre y tu abuelo. Palabras textuales de mamá, de la abuela, ¡como les encantaba programar mi vida carajo!, pensó. Qué cara habrán puesto mamá y la tía Paula al enterarse por la televisión, o el periódico, si es que alguno de los empleados les mostró uno de esos diarios que no se leen en la casona de los abuelos. Para ellas y la abuela, si estuviera viva, claro; lo que estaba pasando eran las consecuencias del libertinaje, del desapego a la normas, a la tradición familiar del tío Eduardo; que su espíritu vagabundo y cosmopolita del que siempre hacía gala lo había llevado a estos extremos: vivir en pecado con una mujer que no era de su condición y que además podría pasar por su hija. ¡Recién ahora entiendo porque nunca pude escribir un cuento, un guión de teatro, carajo! Intento hablar, pensar como ellas y me salen esas frases hechas, cuál es el problema ¿escrúpulos, por ellas, por ella? En más de una ocasión has oído decir a mamá: zorra, puta barata y un sinfín de insultos más cuando se refería a Raquel. Y cuando bordeabas los quince o dieciséis años en más de una ocasión escuchaste a una tía Paula entrada en tragos decir: no papi, con esa huachafita ni para que debutes, consíguete una a tu altura. ¿Por Raquel entonces? Tampoco lo sé, me expulsó de su vida con las palabras más duras que me han dicho jamás y luego como si no hubiera pasado nada me buscó para que la ayudara a conseguir los fármacos que la han dejado en ese estado, pensó.


IV


Imágenes, lo único que tenía de ella eran imágenes. La última era premonitoria. Vestía de negro, andaba en zancos y tocaba su viejo saxo; su séquito de niños se había retrasado y él pudo fotografiarla sin escolta. La tarde moría y el cielo era amarillo, el nombre del lugar aumentaba el sino trágico de la imagen: “Estación de desamparados”. Exactamente la parte posterior de la estación, a unos cuantos metros del “Parque de la Muralla”, desde allí había venido hipnotizando a medio centenar de niños con las melodías tristes de su saxo, antes de que diera media vuelta y emprendiera el retorno, él disparó. Esa fotografía era una de las pocas imágenes que existían en un soporte distinto al de los recuerdos. Pero aunque existía una copia en papel que hacía del momento un hecho real, la imagen se transformaba cuando él trataba de recordar si la melodía que salía del saxo era una vieja cumbia o una guaracha. Existían algunas instantáneas más, todas tomadas en la casa del tío Eduardo, pero las imágenes más importantes eran solo recuerdos. Los más importantes eran dos: en el primero un asistente retira un biombo y aparece Raquel, en el parque Kenedy, luego de interpretar a cuasimodo. En la segunda él llega a la casa del tío Eduardo, en El Olivar, huyendo de casa luego de una pelea con su madre y se encuentra a Raquel, semidesnuda, tocando su saxo en la sala de la casa.


Continuará

Vangeluz: el Quinto Evangelio

Jesucristo en un momento de profundos cuestionamientos

En los días de Semana Santa, al norte de la ciudad, en Comas, desde hace más de veinte años un peculiar grupo de teatro tiene la importante misión de representar la “Pasión de Cristo” ante un público cautivo que año a año espera ver a sus parientes, amigos o vecinos, salir de su día a día para convertirse en excelentes actores.

No es una novedad el trabajo que Julio Barreto Dueñas y un grupo de actores comeños vienen realizando desde los años ochenta. Diarios, revistas y canales de televisión les han dedicado en años anteriores algunas páginas y breves minutos, que no pagan el esfuerzo del elenco y su director. Quizás lo más importante haya sido el tiempo que les dedicó Luis Peirano en su ya extinto programa Memoria del Teatro.


Para su director, que también interpreta a Cristo, Vangeluz, vendría a ser un “Quinto Evangelio”. La mayor parte de la puesta en escena es Jesucristo Superstar, con la banda sonora en castellano, acompañada de otros pasajes de la Biblia. Pese a tener que luchar contra las limitantes económicas (el director y los actores financian la obra de su bolsillo) el resultado final es más que bueno. Destacan los papeles de Judas, Herodes, Jesús y María Magdalena.

Judas a punto de recibir las 30 monedas de oro

Herodes: una de las mejores performances


El inevitable beso


Pedro momentos antes de negar a Cristo

Judas instantes previos a su suicidio


Soldados Romanos golpean a Jesús


Instantes previos al primer terremoto


Cristo luego de pronunciar su famosa frase: "Padre perdónalos..."


María luego de limpiar el cuerpo de su hijo


Jesús antes de subir a los cielos

Los aplausos que pagan tanto esfuerzo


Inés y las noticias



Al despedirnos, le había pedido a Inés que me llamara. «Aunque no vayas, igual llámame», le remarqué. Para comprometerla aún más, le dije que iría a casa de inmediato y allí esperaría su llamada. No pude evitarlo sin embargo, y me quedé cerca de las oficinas charlando con Robles. A su lado, mientras me contaba de su esposa, que quiere dejarla y mandar todo al demonio, seguía inquieto por irme. No sabía qué carajo decirle. Acaba de casarse, y anda preocupado, no acepta que tan pronto se pueda envanecer el amor. Escucharlo me recordaba a mí mismo y a Inés, y por un instante me dieron ganas de mandarlo al demonio. Pero Robles es mi amigo y quería cumplir con escucharlo.

***

Subí las escaleras despacio, como socorriendo a mi cuerpo de tanto trajín. Al entrar en el dormitorio, me di cuenta que había dejado cerrada la ventana y un repentino olor a ropa sucia impregnaba el ambiente. Me acerqué inmediatamente a abrirla, y luego me quité la corbata y la camisa. No quería hacer nada. En el reloj habían transcurrido apenas cinco minutos. Me quité los zapatos y, para hacer tiempo, bajé a recortarme la barba. Inés había insistido días en que lo hiciera, y ya que esta noche saldría con ella, decidí empezar por allí. Para el viernes, si no lo hago en la semana, la barba se encrespa demasiado, y a veces hasta duele un poco al recortarla. Bajé el teléfono hacia el baño. Dejé la puerta abierta, y cuando no miraba la crema disolviéndose en mi rostro, miraba el teléfono allí, dormido. En una de esas, me hice un ligero corte. Como todas las veces, no me fijé en él sino hasta cuando la sangre definió su rastro sobre mi cuello, y contaminó la crema.
.......Subí el teléfono conmigo. Terminé de quitarme la poca ropa que traía y decidí darme un duchazo. Pronto me desanimé. Si Inés llamaba, no podría contestarle de inmediato. Me volví resignado hacia el ropero. Saqué pieza por pieza la ropa limpia. Me entretuve recordando los nombres, los rostros de las amigas que —me aseguró Inés— definitivamente irían: Vicky Rivas, veintiséis años, dos divorcios encima; Lola Trigoso, veinticinco, casada con un tío treinta años mayor; Dora Peña, Dorita, veintinueve, soltera (aunque ebria se jura mujer de medio Lima). Sobre la cama jugué a combinar colores claros con oscuros, la corbata a rayas con la camisa a cuadros, el polo deportivo y el pantalón beige. Eran las diez menos quince. Era tiempo.
Inés tenía una entrevista con sus superiores y los de Robles. Antes de despedirnos, había podido repasar sus cifras. Más temprano aún, en el almuerzo, me había comentado su salida de esta noche. No me invitó de buenas a primeras. Me arrepentí de adelantar noticia sobre mi viaje de mañana, de haber hecho cálculos frente a ella: para estar a las ocho en la estación, debía salir una hora antes de casa, y para eso, debía despertar media hora antes, y a las seis y media el mundo se me caía encima. Ella, prudente como es, me dejaba hablar. «Bueno, igual parece que no podrás», repuso cuando por fin me callé. No lo entendí de inmediato; entonces me explicó. Dorita y Vicky organizaban una de sus ya célebres reuniones (reuniones donde, a veces solas, a veces acompañadas, beben sin mayor razón hasta el amanecer). Dorita pasaría por Inés, a su casa, después de la oficina.
.......Me lo contó muy serena, y debo aceptar que me incomodó no oírme entre sus planes. Eso sí, me alegró que al menos quisiera contármelos. Semanas atrás hubiera dudado si hacerlo. Un sábado discutimos durante horas, con gritos, jalones y todo, pues se animó a comentarme que los nuevos empleados, con quienes había llevado programas por un mes, la invitaban a bailar. Parapetado en la puerta del dormitorio, la vi maquillarse, probarse mil prendas. De pronto, sin más, le dije que no confiaba en ella, ni en nadie, que se me hacía muy difícil conseguirlo. Inés se molestó, e hizo su respectivo descargo. Me acusó de ser un egoísta de mierda, de comportarme como un verdadero resentido, y de arruinarle siempre las salidas. Lloró, como es de suponer. Y al final no fue. Esa noche, lo confieso, me sentí extrañamente poderoso. La llevé hacia la terraza y allí hicimos durante horas el amor. Antes del amanecer, como en los últimos meses, la devolví a casa.
.......Por eso me sorprendió que hoy mencionara su salida. Por eso tampoco insistí en saber por qué no me estaba invitando, como de seguro harían sus demás amigas con sus respectivos novios. Decidí almorzar tranquilo. Le pregunté por la entrevista de las siguientes horas. Estaba muy nerviosa y se quejaba de su mala memoria. Que no retenía nada, que antes se aprendía mil datos, pero ahora ni para eso servía. Le dije que podía ayudarla. Estaba con ganas de sentirse mal, es lo único cierto. Le hice algunos porcentajes rápidos del último mes, en un papel cualquiera, y le falló casi a todos. Ella quitó la hoja de la mesa, la guardó y me pidió que siguiéramos comiendo en paz. No quise insistirle. Ella lo notó.
.......Finalmente, creo que en desagravio, me pidió un favor. Quería que rehiciera un archivo. Acepté, y el almuerzo prosiguió en otro tono. Incluso un rato nos reímos. Al terminar, le dije que de inmediato cumpliría su encargo. Me esmeré en hacerlo. Estuve varios minutos frente al computador dándole vueltas al mismo balance. Volví a reproducirlo, número por número. Cuando lo creí listo, salí a buscarla. Inés merodeaba ya la oficina de su jefe. Le entregué el documento. Antes de guardarlo, quiso echarle un vistazo. Me pidió, mientras, que le trajera una taza de café. Le di un beso, y luego de susurrarle que se calmara, fui por su café. Al volver, minutos antes de despedirme, la encontré muy seria. Me mostró el documento, el error en el documento. Me sentí avergonzado. Inés no insistió más en ello. «Debo ingresar ya», comentó.

***

Llamé primero a las diez. Me contestó ella, felizmente. Acababa de llegar y, según me dijo, don Nicolás puso tremenda cara de enojo al verla entrar. «Y tú te disgustas cuando yo te pido que me acompañes», hizo énfasis. Dejé que el teléfono aquel se comiera mi moneda y los últimos segundos. Luego, tras esperar que un breve lapso despejara la niebla del comentario, volví a intentar. Me contestó ella, nuevamente. Me contó cómo le había ido con su jefe. Bastante bien, pese a los nervios. Estaba cansada. Le pregunté qué haría el resto de la noche. Revisar hojas y papeles y más papeles. Me alegré, sin decírselo, de que no mencionara siquiera por asomo su salida de esta noche. Cuando ya todo parecía acabar, le dije que aprovechara su tiempo. Frase estúpida, sin duda, pero puse en ella mi franco deseo de mantenerla en casa.
.......Cerca de las once, ansioso, volví a llamar. Esta vez contestó don Nicolás. Me lo dijo de la manera más natural posible. Inés había salido, minutos antes, y no sabía hacia dónde, que no la llamara, pues había dejado su teléfono. Esta fue la parte más difícil de asumir. Por qué debía también dejar su teléfono, aquel aparatito que tanto se empeñó en adoptar. Vamos, se le olvidó, aventuré, lo hizo por seguridad, ella es así. Me despedí pidiéndole que dijera a Inés, en cuanto llegara, que había llamado. Antes de colgar, en el otro lado, una voz lejana confirmó que Inés había salido para casa de Dorita. Don Nicolás me lo repitió, en el tono aburrido que usa conmigo, y yo corté. Era suficiente. Volví para la terraza haciéndome mundos la cabeza. Cuando no sé de Inés, qué está haciendo, dónde, con quién, me atrapa una rotunda sensación de fracaso.
.......Salí a dar una vuelta. Un poco de aire me haría bien, de seguro, un cigarrillo. Era un viernes raro, de tiendas cerradas, sin gente en la calle, un viernes propicio, me dije. Únicamente los autos, el ruido descomunal de sus bocinas me distraía Se trataba, para qué negarlo, de la misma historia. Inés es una buena mujer, pero en situaciones como esta, cuando de pronto desaparece, no sé qué pensar. Todo parece indicar —todo lo nuestro: el tiempo, las risas, la cama— que cualquier duda acerca de su fidelidad es imposible y ridícula. Pero cuando la incertidumbre me atrapa, ya no sé. Movido por cierto temor, tomé la ruta hacia Echenique. Rato después, de manera inevitable supongo, llegué a casa de Dora, al muro que rodea su casa. El descubrimiento fue doloroso, y me entregó a una suerte de confusión. Se me ocurrió tocar, preguntar por Inés. A cuenta de qué, con qué excusa. Dora sería la primera en desconfiar de esta visita. Decidí volver.
.......Casi una hora después, poco antes de las doce, volví a llamar. Esta vez contestó doña Lucrecia. Al inicio no reconoció mi voz. Es una mujer muy mayor, a veces sucede. En su hablar parsimonioso de siempre, me dijo lo mismo, que Inés no estaba, y por favor no la llamara, que su hija no andaba el teléfono en la cartera. Mientras lo repetía, yo renegaba de mi suerte. En situaciones como esta, cuando Inés de pronto desaparece, pienso en el desconocido. Inés y el desconocido, vaya historia. Aunque lo niegue, yo no podría resistir un solo encuentro entre ellos. Ya imagino el infierno que habitaría luego, oyéndola entrar en detalles. Que ella intente convencerme de lo neutral que resultó todo, y yo sospeche que algo me oculta, la sonrisa esa, el comentario aquel que hizo el desconocido para que ella sonriera. Lo veo: Inés llenándome de besos para acallar sus remordimientos…
.......A pesar de don Nicolás, doña Lucrecia me autorizó a llamar en una hora. «Tal vez en un rato, de seguro…», quiso calmarme. Regresé a casa, vencido, y desconecté el teléfono (también él merecía dormir tranquilo) y me tiré en el sofá, a terminar la noche con las noticias. En un canal, un marido celoso, ex policía para más señas, había descargado dos tiros sobre su vecino. En otro, una mujer resultaba viva tras cuatro puñaladas. En un tercero, un rabioso adolescente había elegido exterminarse como a las ratas. Iba quedando dormido, en fin, con lo de siempre, cuando una breve nota local llamó mi atención. Un hombre joven, denunciado por su joven ex mujer, había sido detenido. Lo último que escucho, como en una ensoñación, y en tono muy serio, pese a los reproches del reportero, son las palabras proféticas del marido: «Esa puta va a morir». ■


© Lenin Heredia Mimbela (Piura, 1987)
Estudiante de Literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado artículos, textos creativos y reseñas en revistas como "El Jinete de la Tortuga", "El Hablador" o "Fix, Revista hispanoamericana de ficción breve".

3.27.2010

Respirar puede ser un fracaso






V

la muerte existe se derrumba
degrada perfiles solemnes

retorcido su amparo inquiere
se derrumba

adversa esta silueta
en aquel ángulo ignorada

palpita incluso antes

lacerado el quicio
vacía la expresión

arrastrada por caminos
a mi-idéntica insuficiente

la muerte flaquea
ante mis restos

golpea soledad
y manifiesta ignorancia

insiste el castigo
consolida esta parálisis

el tumulto impone

hachas a la frente
hachas a la tierra

cuando la saciedad
alojo negado por la insania

pudra en mi pecho su alimento

los que contemplan somos
para los que contemplan siempre

vuelta entonces sin espalda
como si la sombra coincidiera

en el acto mismo
de fingir el movimiento

sostenida por el tacto la piel
deambulé la cercanía

por precipitación

ración carente

sola no en este mundo
y sola

al otro lado más lejos
la mímica sobre el tercero

Nacimiento de la Piedra

todos los brazos de este mundo
no alcanzan para auxiliarme

cavilé desnuda entre los peores
convertí la tierra en más tierra

en más

demasiado polvo
demasiado

golpeamos y golpean

pulsando oprimido
este gesto en los espejos

despojo de una infancia
que se presume muerta


tampoco
quedo
yo

no permanece ya el mundo
ni respira su fracaso

remachada por la espalda
provoco mi razón

lastimando mi cráneo
hasta encontrarme

a coste de afirmar la vida

sonrío hastío seco y mártir
ápice de animal pariéndome

demasiado polvo
demasiado

tiro de mi cuerpo
y este tira de su fuerza

hasta
confundir
criaturas

qué viene por mí
en su lugar

figuras no reconocidas
por estos ojos

que alguna vez
fueron míos

la muerte flaquea
ante mis restos

hermosa como la ruina
en el suplicio de evocarme

tal vez nunca mía
tal vez nadie

golpea demasiado golpeo

ni todos los brazos de este mundo
alcanzarían para auxiliarme. ■



© Yamila Greco (Buenos Aires, 1979)
Colabora en diversas publicaciones literarias, como "Cinosargo", "Punto en Línea" (publicación de la Dirección de Literatura de la Coordinación de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México), “El Coloquio de los perros”, “Revista Hispanoamericana Arte y Mundo” (participación en el artículo sobre Violencia y Creación, junto a los escritores Fernando Proto Gutiérrez y Timothy Wright), “Resonancias” (Nota Introductoria de Mónica López Bordón), “Vieja Lilith”, Revista Casa del Tiempo, (UNAM. México) y "Artesanías Literarias" (Nuevas Voces de La Poesía Argentina: Comentario, presentación y selección de la poeta argentina Silvia Loustau). Su poemario “Sobrevivir es una Curvatura” fue publicado en la revista “Casa Litterae"



2.23.2010

Miscelánea 9

Estimados lectores, les ofrecemos una nueva entrega de la edición virtual de nuestra revista. En este número:


PRESENTACIÓN
Yunza en San Jerónimo de Andahuaylas.
Sepa Usted que una yunza es un éxtasis único.

CON LOS PANTALONES ABAJO
El Premio Carnavalón.
No sólo "La teta...".Sepa de como también los infames pueden ser famosos y recontrapremiados en esta fiebre carnavalera.

UN PELO EN MI SOPA
Kurt Cobain, Charly García y Teh Bang Bang club: "La música de Nirvana nos unía más que el fútbol, más que las infinitas versiones de "Tabú" o los capítulos de "Supercampeones".

TRUE FAITH
El cilulo, Canción y carnaval. Conozca el cilulo y ráyese con el caballito protagonista del vídeo (de pasadita carnavalee).

INSTANTE CERCANO
Carnaval en Roma. Lo espontáneo se junta con las raíces, y el júbilo florece en primavera.

RASTROS DE CARACOL
La edad del ámbar, prosa a cargo del siempre poeta y amigo Diego Lazarte.

Yunza de San Jerónimo de Andahuaylas

Eduardo Yaguas

Ese arbolito se quebró de alegría. Lo hemos despedido danzado frenéticamente. Una yunzita alegre que me comprometí a apadrinar el año pasado. Les juro que éramos unos verdaderos bacantes que danzaban la alegría. Chinas bonitas, amigos por todos lados. Bastaba alargar el brazo para encontrar una. A veces te anticipaba una suegra, y te sujetaba la mano tan fuerte que era difícil safarse, como si con eso fuera a casarse con uno. En ese instante bajabas las revoluciones de la danza. Ya no acometías ni “gusaneabas” la ronda. No podías acercarte y mirar alegremente, a los ojos, a la chica bonita del otro lado de la ronda. Pero igual seguía la zumba, la chacota con el grito, los silbidos y las risas.


El chaj- chaj-chaj del hacha sobre el saucecito vestido de bateas, polos, baldes, serpentinas. La banda cantando sus coplas alegres, propiciando el baile con sus rimas jacarandosas y bromistas. Una danza infinita llena de zig-zag, danza ebria que me ha alegrado eternamente.


Y así como este domingo 21 de febrero tumbé un eucalipto, este equipo ecuestre-virtual espera que ustedes díscolos seguidores lo hagan con esta segunda entrega carnavalera.

El premio Carnavalón


Por Jaimedonato Jiménez


Con el afán de otorgar un merecido reconocimiento a los protagonistas de nuestra nefasta escena política y pensando en la salud moral de nuestros lectores, hemos visto pertinente crear el Premio Ciudadano Carnavalón. Veamos a los finalistas:


César Nakasaki. Se ha ganado la presente nominación a pulso milimétrico. Ya que gracias a su empatía y verbo ha creado las joyitas más preciadas de la jurisprudencia peruana defendiendo los casos Sánchez Paredes, Magaly Medina, Fujimori, Luis Valdez y de perder el caso de la discoteca Utopía. A este braguetero del dinero y del poder, si a algún infierno terrenal debe ir, es a pasear un ratito nomás con el 50% de lo que le haya cobrado a cualquiera de sus mencionados clientes por las riberas del río Rímac con un kayac, pero sin remos y sin flotador; hasta q vaya a parar un domingo soleado y carnavalero al siempre cálido y afectuoso Balneario de los Barracones. Allí será recibido como Hitler hubiera recibido a Baruch Ivcher.


Carlos Raffo. Méritos suficientes ha hecho este vil panda de la información fujimorista como para perder tiempo nombrándolos. Soltemos su última perla: “…el fiscal en lugar de llorar debería haberse preocupado por estudiar”. Y claro que este vil mamífero de Raffo tiene razón: Guillén ha perdido el tiempo haciendo justicia, litigando, en vez de ahondar en el caso Fujimori se hubiera puesto a estudiar. Mejor que haya mandado al carajo los expedientes de uno de los casos de corrupción más grandes de la historia mundial, y se haya puesto a estudiar. Claro, por supuesto, excelente, marrano Raffo, que para la próxima, Guillén se vuelva como tú, y de pasada que se joda la justicia en el Perú. Por esa puercada monumental que salió de tu boca lo mejor sería que un domingo carnavalero te vayas a pasear por el barrio de Castilla en el Callao, bien enjoyado, a ver si tus grandes ideas y tu gran bocaza te sacan de esa carnavaleada que con lodo y matacholas estoy seguro te darán.


Mercedes Cabanillas. A esta dura fiera estrellada, me gustaría verla en un carnaval en Bagua. Que lleve un taparrabos y en vez de vender collares y pulseras hechas de semillas que regale disculpas. Y si un solo bagüino la perdona podrá dormir bien un día, sólo uno porque en los tres días que dura el carnaval deberá explicar, a todos los bagüinos, el porqué de sus acciones, no podrá mentir, ni seguirá vejándolos con adjetivos aprendidos en Palacio. Deberá mostrar respeto e hidalguía cuando le lluevan las serpentinas de la justicia y la verdad. Aunque si lo prefiere que no venda ni regale nada, pero que vaya, que vaya y les dé la cara así como les mostró las armas.

Kurt Cobain, Charly García y The bang bang club


Por Adán Calatayud

Hola Times, hola premio Pulitzer,

cicatrices tribales en tecnicolor,

Bang bang club, AK 47 horas

Kevin Carter, Manic street preachers


En el penúltimo año de la secundaria todos queríamos ser como Kurt Cobain. Es un drogadicto, su música es pura bulla y no se entiende lo que canta, decían nuestras lindas compañeras de clase. Sus faldas cortas, muy por encima de la rodilla; los tirantes sueltos, que caían desafiantes sobre esas caderas que despertaban más de un suspiro, y sus doradas trenzas francesas no podían hacer que cambiáramos de parecer. Nirvana era la mejor banda y Kurt era nuestro ídolo. En las fiestas, aunque no pusieran una sola canción de Nirvana, abundaban los blujean rotos y las zapatillas “all star” (o alguna que se pareciera y fuera más barata). Está demás decir que todos esperaban terminar el colegio para dejarse crecer el cabello y llevarlo como Kurt y creo recordar que alguna vez alguien dijo delante de las niñas que deseaba tener una banda de rock y fumar marihuana, para probar nada más —siempre es bueno saber—como era esa cosa. Al tener esos gustos y esas aspiraciones, las escasas muchachas bonitas de la clase —las de faldas cortas y trenzas castañas, desde luego— dejaron de interesarse en nosotros y empezaron a interesarse en los compañeros de otras secciones. Ellos, al igual que las chicas, si disfrutaban con lo que sonaba en la mayoría de las radios: Jerry Rivera, Ace of Base, Wilfrido Vargas y tantos otros músicos y cantantes que mis amigos y yo detestábamos.


La música de Nirvana nos unía más que el futbol, más que las infinitas versiones de “Tabú” o los capítulos de “Supercampeones”, pero a diferencia de mis amigos, que estaban dispuestos a renunciar a las chicas de la clase y pensaban encontrar nuevas amigas y enamoradas a las que les gustaran kurt y compañía, yo si echaba de menos a las muchachas y sobre todo a la guapa Alejandra. Era la chica más alta del colegio, llevaba el pabellón nacional en los desfiles, era la capitana del equipo de voley y por su físico parecía una muchacha de más de dieciséis años. Con la mayor parte de mis rivales fuera de la competencia, el único camino que me quedaba era dejar de parecerme a ellos. Pero no tenía la suficiente personalidad como para prescindir de un ídolo, así que tomé prestado el de mi hermano mayor: Charly García. Para Alejandra eso estuvo muy bien, las letras de “Quizás porque” y “Necesito” le encantaron. Pasé muchas tardes en su casa escuchando los viejos casetes donde mi hermano había grabado canciones de todas las etapas de Charly.


Cada vez me hacía más fanático de Charly, pero una tarde en galerías Arenales, mientras, buscaba un disco de original de Charly García —de segunda mano porque mi presupuesto era escaso— para regalárselo a Alejandra por su cumpleaños, encontré en una revista un artículo sobre cuatro fotógrafos sudafricanos que se hacían llamar The bang bang club. Con lo que sobró de la compra del disco me hice de la revista y en el viaje de regreso a casa leí el artículo más de tres veces. Lo siguiente fue buscar más información sobre estos fotógrafos y conseguir una cámara fotográfica. Era un ignorante en la materia pero mi intuición me hizo elegir la polaroid del abuelo a la compacta automática de mi padre. No me arrepentiría, las primeras instantáneas que tomé fueron de Alejandra acodada en el balcón de su casa. “Un sol amarillo que se niega a morir, una muchacha bonita, has tomado una foto de postal”, dijo el abuelo cuando le mostré la primera fotografía, luego me aumentó la propina. Al principio me interesaba The bang bang club, pero luego mi interés se centró en Kevin Karter. Allí empezaron los problemas con Alejandra, mí nuevo ídolo tenía algún parecido con Kurt Cobain, demasiado lúcido, demasiado sensible; era autodestructivo y adicto a las drogas. Le conté que había ganado un Pulitzer por la fotografía donde un buitre acecha a una niña a punto de morir, pero fue en vano, Alejandra no sabía que era un Pulitzer y jamás entendería los motivos que llevaron a Kevin a tomar su decisión. Volvía a ser como mis amigos. Yo moría por los besos de Alejandra y traté de volver a enamorarla recurriendo al gran Charly, pero mi musa ya no gustaba de su música: “Confesiones de invierno” la deprimía; “De mí” le provocaba algo de miedo; además Charly entraba a una de sus etapas más oscuras. En quinto año fue peor, Alejandra prefería salir a bailar con chicos mayores a posar frente a mi polaroid o pasarse la tarde escuchando música en la cochera del abuelo. Una semana después de romper conmigo la vi besándose con un chico de su cuadra que ya había terminado el colegio. Después de eso me interesé mucho más por la fotografía, empecé a comprar revistas y libros sobre el tema, conocí a Kapa, Cartier-Bresson, Man Ray, Adams y Newton. El abuelo, que disfrutaba financiando mis caprichos me compró una cámara telemétrica de segunda mano. En mi primera borrachera, en casa de uno de mis mejores amigos, protagonicé una escena que casi todos mis ex compañeros recuerdan: subido en una silla juré que sería como Kevin Karter y siempre escucharía a Charly García, aunque no tuviera a Alejandra. Al terminar de hablar la silla tambaleo y en la caída me rompí la cabeza.


En abril de ese año Kurt Cobain se suicidó, mis amigos andaban tristes y sin novias, yo traté de compartir su sufrimiento, pero sentía que un abismo muy grande nos separaba, ellos también lo notaron y guardaron distancias. En julio Kevin Carter se suicidó. Las distancias se desvanecieron, mis amigos y yo volvimos a ser un mismo cuerpo: guardábamos un pesado luto por nuestros héroes muertos.


Al terminar el año escolar, en la fiesta de promoción, Alejandra se acercó a la mesa donde me hacía el adulto bebiendo cerveza tras cerveza para pedirme que le concediera un baile, yo había evitado cruzarme con ella toda la noche, pero no pude negarme. Olvidé que tenía dos pies izquierdos, tomé su mano y la llevé a la pista de baile. Bajo la esfera de cristal apreté su cintura, ella apoyo su cabeza en mi hombro y susurró: “ojalá que Charly no quiera suicidarse”. Sintiéndome más adulto que nunca, pegué mi boca a si oído y susurre: Charly no haría eso, nunca lo haría, repetí; luego le robé un último beso.


Carabayllo 22 de febrero del 2010


El Cilulo, canción y carnaval


Por Roberto Roig


Como el carnaval no es patrimonio de los brasileños (el origen del carnaval es europeo) también los hay en muchos otros países de Sudamérica, y por supuesto aquí en Perú igual. Uno de los carnavales peruanos más grandes es el de Cajamarca y el género musical que lo acompaña es precisamente llamado Carnaval. Este género puede variar de nombre según la región, provincia, localidad e incluso barrio. Wayllacha, Cilulo, Pum pin, Chuta chuta, Chimaycha, Wifala, Puqllay, Matarina, etc. Incluimos el Cilulo que es un tema musical y el nombre de un carnaval igualmente, el video contiene escenas referidas a la letra.