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5.05.2010

Instantáneas-segunda parte

por Adán Calatayud


V


En la clínica encontré al tío Eduardo durmiendo en una silla junto a la cama de Raquel. Tenía el cabello desordenado, el traje desaseado y una pila de papeles con líneas resaltadas y apuntes garabateados a los márgenes descansaba a sus pies. Al ver sus apuntes recordé el día que me botó de su casa. Todo ocurrió una de esas noches en que, con varios vasos de whisky encima, llegué hasta la cama que Raquel para decirle que la quería, que se fuera conmigo, que dejará la miseria que vivía junto al tío Eduardo para que intentáramos algo juntos, fuera del país. Ella una vez más se había negado, cuando volvía a la carga con mis argumentos, el tío Eduardo entró a la casa y desde la sala escuchó toda la escena. Al llegar a la habitación, con mucha calma, empezó a preguntarme por qué hacía eso, él me había aceptado en su casa, me alimentaba, pagaba mi universidad y estaba seguro de que en más de una ocasión yo le había dicho que lo admiraba, que tenía una deuda impagable con él. Envalentonado por el alcohol le dije que Raquel no merecía el trato que él le daba, que no era el intelectual que decía ser, que se había pasado veinticinco años en Inglaterra acumulando títulos y grados académicos para nada, no tenía un solo libro, una investigación publicada y que jamás publicaría nada. Para mi sorpresa el tío Eduardo se quedó paralizado, no atinó a decir nada y cuando quise aprovechar el momento para seguir atacándolo, Raquel me dio dos bófetadas y dijo que me largara, el tío Eduardo recuperó el aplomo y dijo que ya había oído a Raquel. Fui a mi habitación, cogí mis cosas y salí. Para no verle la cara al tío Eduardo deambulé por los pasadizos de la clínica, entré al baño un par de veces y al final decidí comer algo en la cafetería, desde allí, una hora después, vi salir al tío Eduardo. Cuando estuve otra vez en la habitación de Raquel, ella había despertado, miraba todo con ojos ausentes, hablaba con excesiva lentitud y según los informes médicos no reconocía a las personas. “Los fármacos que tomó son muy fuertes, es un milagro que esté viva”, dijo la enfermera de turno.


VI

Meses después de tomar aquella fotografía de la Estación de Desamparados, Raquel se apareció una madrugada en el cuarto que alquilaba en Miraflores. Había pasado más de dos años desde que el tío Eduardo me echó de su casa y al comprobar que era Raquel quién golpeaba mi puerta de manera desesperada estuve a punto de llamar al vigilante para que la botara del edificio. La escena se había repetido: el tío Eduardo la había insultado en el trabajo, delante de los compañeros de oficina, y al llegar a casa la había golpeado. No pregunté cuales eran los motivos de esta nueva agresión, solo hice que pasará, le preparé un mate y escuché su relato. Pese a que no hacía otra cosa que mirarla, mientras la acariciaba el cabello mi mente estaba en otro lugar, pensaba en la mejor forma de alejarme, de romper con esa historia patética con aires de novela mejicana. Durante los dos últimos años había tratado de alejarme lo más que pude, pero esa madrugada Raquel una vez más iba a terminar metiéndome en su tortuosa vida. No quería volver a sentir compasión por Raquel: por compadecerla, por intentar reconfortarla y por querer robarle esas sonrisas que rara vez aparecían en su rostro, años atrás había terminado enamorándome de ella. Sí, me enamoré de Raquel en la casa del tío Eduardo. Ella era uno de los recuerdos más profundos de mi niñez, representaba la libertad, una vida más allá de las rejas del caserón familiar, de la autoridad las normas impuestas por mis padres y su círculo social; la calle con su azar, sus misterios, sus peligros y a pesar de haberla buscado en parques y teatros por más de diez años hasta que por casualidad la encontré en la casa del Olivar, no estaba enamorado de ella. Al conocerla comprendí que todo el tiempo estuve buscando una imagen, una representación. Lo último que vi aquella tarde en el parque Kennedy cuando niño fue a Raquel quitándose el disfraz de cuasimodo para ponerse uno más pesado, más trágico. En el tiempo que viví en la casa del Olivar nunca quiso hablarme de su familia, de sus padres, en alguna ocasión dijo que había nacido adolescente, cuando aprendió a actuar y a tocar el saxo. Algunos fines de semana el tío Eduardo viajaba al interior del país o al extranjero a presentar una ponencia o dictar un seminario de Historia y me pedía que no saliera a la calle, que me quedara acompañando a Raquel. En esos fines de semana; viendo viejas películas de Bruce Lee y Jackie Chan, ayudando a Raquel a preparar pastas insípidas que luego me obligaba a comer, saliendo al mercado de Lince a buscar retazos de tela para que fabricara sus títeres, empecé a sentir atracción por Raquel. En esas noches, al compartir una copa de vino o un vaso de whisky, Raquel se animaba a contarme algunas cosas de su tortuosa relación con el viejo, pero ante preguntas como: porqué le decía doctor en lugar de tutearlo, porqué aguantaba sus gritos e insultos (aún no aparecían los golpes), porqué no se largaba de allí; siempre daba evasivas. Alguna vez, en navidad escuché que conversaba por teléfono con alguien y decía que ella prepararía la cena y llevaría juguetes para los niños, luego salió de la casa y no volvió hasta el día siguiente, cuando le pregunté al tío Eduardo por el paradero de Raquel me dijo que estaba con su familia.
Un año después de salir de la casa del Olivar, aprovechando un viaje del tío Eduardo busqué a Raquel y una vez más le pedí que se fuera conmigo, está vez estaba sobrio, Raquel una vez más se negó y cuando le dije que seguiría insistiendo, ella empezó a insultarme. “No eres más que un mocoso tarado que se ha antojado de la mujer de su tío, un enfermo, disfrutas espiándome para luego correr a fumar y masturbarte en tu cuarto, lo único que quieres es tirar conmigo, pero no te voy a dar el gusto, no eres un hombre, eres un niño, mejor regresa con la cucufata de tu madre y la loca de tu tía”, esas fueron las cosas menos desagradables que dijo y aquella madrugada, mientras Raquel lloraba recostada en mi cama estuve a punto de volver a insistir. Mientras tomaba aire y pensaba en argumentos que esta vez fueran infalibles, Raquel me pidió que le consiguiera pastillas para dormir y algunos calmantes, porque padecía de insomnio y en los últimos días andaba mal de los nervios, “tú estudias sicología, a lo mejor conoces a alguien que pueda recetarme los medicamentos”, agregó. La dejé hablar, prometí conseguirle los fármacos y cuando estuve a punto de decirle lo que pensaba —ya era de mañana—, ella se incorporó, se limpió el rostro y dijo: “ya debo irme, tu tío debe estar preocupado.”

VII

Al salir de la clínica, se detuvo ante el primer quiosco de periódicos que vio, buscó los titulares y ninguno tenía en portada la historia de Raquel. Compró tres diarios sensacionalistas y en el interior de uno de ellos encontró declaraciones de una supuesta tía de Raquel que acusaba al viejo de haber querido matar a su sobrina, la mujer decía que siempre la trataba mal, que la retenía a su lado con chantajes y terminaba su declaración autocompadeciéndose y pidiendo una reparación. Junto a la anterior había otra nota donde explicaban que Raquel había tratado de suicidarse, ya se conocían los nombres de los fármacos que tomo y los investigadores estaban averiguando como los consiguió. Esto último lo alarmó. Es hora de acabar con esta historia no quiero más se dijo. Tiró los diarios a un tacho de basura, buscó en su billetera la llave que le dio el tío Eduardo cando se mudó a vivir a con él y Raquel y se dirigió a la casa del Olivar. Entró sin hacer ruido, espió la sala, el comedor, la cocina y no encontró al viejo. En las habitaciones tampoco estaba, no escuchó ruidos en el baño y empezó a buscar en los cajones de la pequeña cómoda de Raquel, al cabo de varios minutos no encontró nada. Abrió uno de los roperos y encontró el morral donde Raquel guardaba sus títeres, en un bolsillo interior encontró la receta, sacó un encendedor y cuando estaba a punto de quemar el papel, entró el tío Eduardo. “Deberías quemar eso en el jardín”, dijo el viejo; él no atinó a decir nada y salió de la habitación, el viejo lo siguió diciendo que Raquel le contó quién le consiguió los medicamentos, que no estaba molesto con él, que lo estaba esperando porque quería pedirle algo. Al llegar al jardín le prendió fuego al papel, se sentó en una pequeña banca y escuchó al viejo decir: “quiero que regreses a vivir con nosotros, necesito que alguien cuide de Raquel hasta que recupere la salud, cuando esté bien yo me iré y los dejaré solos, ya no quiero hacerle más daño, contigo estará mejor”, cuando el viejo terminó de hablar quiso reírse, pero conteniéndose dijo que solo fue hasta allí porque no quería comprometer al amigo que le firmo la receta. Agregó que no quería saber nada de ellos que se iría a vivir al extranjero. Al salir de la casa se sentía extraño, la idea de irse al extranjero le pareció excelente, instantes atrás lo había dicho sin pensar, pero ahora le parecía que era lo mejor. Siempre había creído que no llegaría a ejercer su profesión, que tarde o temprano, cuando su madre no pudiera hacerlo más, tendría que hacerse cargo de los negocios de la familia y esto terminaría por confirmar que nunca se había atrevido a romper del todo, que solo había vagabundeado un poco por Lima para luego regresar a casa. Sin embargo largarse al extranjero si podía significar una ruptura definitiva.

VIII

Hasta que el avión no aterrizó en Madrid no creía en lo que estaba haciendo. Desde el aeropuerto sintió necesidad de llamar a su madre para decirle que había llegado bien y que ahora sí había perdido a su hijo para siempre. Doce horas de vuelo, mucho mar y continentes de por medio y todavía se sentía fuertemente ligado al viejo, a Raquel, a su madre, a su ciudad. Quiso encontrar en una llamada telefónica ese distanciamiento que las horas de viaje no le habían dado y desde el aeropuerto llamó a su madre. Durante la conversación su madre le contó cuanto había pagado a los directores de diarios chichas, para que el nombre del tío Eduardo y el apellido de la familia dejaran de aparecer en sus páginas. También le dijo que Raquel otra vez estaba viviendo con el viejo y en tono de burla agregó: “si otra vez se le ocurre matarse, lo mejor será que no falle”. Él estaba contento, por el hilo telefónico la voz de su madre parecía atrapada en un espacio hueco y desde allí llegaba con debilidad, es la distancia pensó, antes de colgar el teléfono su madre le preguntó qué haría en Madrid. Por decir cualquier cosa dijo que estudiaría fotografía, “eso me parece bien, tu siempre tomaste bonitas fotografías, supongo que no te tomará más de tres años, luego tienes que regresar para hacerte cargo de todo, yo estoy muy cansada…•, respondió su madre, quiso agregar algo, pero él se despidió y colgó. Al salir del aeropuerto buscó un restaurante y pidió un refresco, de su maletín de mano sacó la foto de Raquel que tomo en “Desamparados”, la miró por un tiempo considerable y luego la rompió.


Fin


4.07.2010

Instantáneas - Primera parte


Por Adán Calatayud


I


Ignoraba cuánto tiempo llevaba sin detenerse ante un quiosco de periódicos para leer los titulares. Esa manía nacida en la adolescencia, luego de comprobar que nunca podría leer ni el veinticinco por ciento de un diario y que por lo tanto no había razón para comprarlos y llenar su escritorio de papeles que con el tiempo se teñirían de amarillo y le harían recordar la vieja biblioteca del caserón familiar en La Molina Vieja, llena de periódicos de mitad de siglo y libros de derecho, donde arropados con un abrigo de lana y fumando una pipa anacrónica, pasaron la mayor parte de sus vidas su abuelo y su padre; regresó una mañana de los primeros días de enero. Cuando llevaba recorridas unas cuantas cuadras de Larco y empezaba a sudar se aburrió del jueguito ese de asociar cada cosa que pasaba ante sus ojos con las letras y melodías de las canciones que los audífonos del reproductor de compactos hacían estallar en sus oídos. El juego del videoclip en vivo y en directo, en cinemascope, perdió vigencia, pensó. Tenía que suceder así, hace mucho había cumplido su ciclo, era un recurso tan de adolescente, tan MTV, que en la actualidad apenas era útil para soportar el tráfico infernal de las calles del centro de Lima. Apagó el reproductor, se quitó los audífonos y se acercó al quiosco de periódicos del cruce de Larco con 28 de Julio. DRAMÁTICA SE PEPEA POR TECLO BILLETÓN, fue lo primero que leyó al acercarse a la sección de diarios chichas. Letras rojas, sombreado en negro, sin adornos, en altas, en un tamaño enorme: un titular de diario sensacionalista que él no terminaba de entender. Más abajo, una fotografía a lo ancho de la página donde unos enfermeros empujaban una camilla que transportaba una mujer inconsciente, en una esquina, en un recuadro pequeño, el retrato de Raquel, tal como se le veía en su documento de identidad. Entonces empezó a dudar entre mirar las fotografías, tratar de descifrar lo que decía el titular o salir corriendo de allí. Abría y cerraba los ojos, retrocedía unos pasos, tomaba aire, trataba de respirar con normalidad, contenía el aire, regresaba a mirar la portada del diario, se rascaba la cabeza, se mordía los labios, se cogía el rostro y no dejaba de pensar: es mi culpa, es mi culpa.


II


¿Cuántos años tenías?, ¿diez, once? Es muy difícil que puedas recordarlo todo con exactitud: tu edad, la ropa que vestías, como llegaste a ese lugar luego de escapar de la custodia de la tía Paula, el revuelo que se armó en la casa cuando se enteraron tus padres, nada de eso recuerdas y cuando en alguna reunión familiar la tía Paula contaba la anécdota, lo único que aparecía una y otra vez en tus recuerdos, cual si fuera una escena vivida apenas segundos atrás, eran los disfuerzos, las muecas, las contorciones de brazos, piernas y espalda que hacía Raquel para ser idéntica a la imagen que los dibujos animados ofrecen del Jorobado de Notredam. Claro, en ese instante no sabías que era una chiquilla de aproximadamente dieciséis años la que llevaba puestas unas zapatillas caladas, que vestía un pantalón negro hasta las canillas y que bajo su poncho marrón unas esponjas simulaban la joroba, tampoco que su nombre era Raquel. La función terminó, el jorobado se metió tras un biombo y luego apareció una muchacha de rostro blanquísimo, de mediana estatura, ágil, divertida, con la piel tan suave y delicada que parecía imposible que minutos antes hubiera deformado su rostro una y mil veces para encarnar a Cuasimodo. Que caminaban por Shell y que cuando la tía Paula se detuvo a comprar un helado saliste corriendo quién sabe a dónde, que luego de buscarte por un par de calles te encontró sentado en una de las gradas del pequeño anfiteatro del parque Kenedy contemplando una función de teatro callejero, que la tía Paula no pudo sacarte del anfiteatro y tuvo que sentarse contigo hasta que terminara la función; todo eso es parte de la historia que la familia conoce, pero nadie sabe que esa tarde, luego que la tía Paula te llevara a casa, iniciaste una búsqueda que duró más de una década y terminó cinco años atrás, en la casa del tío Eduardo.


III


El abuelo era abogado, tu padre, su hijo mayor, era abogado; tú, el hijo mayor de tu padre, serás un gran abogado; serás como tu padre y tu abuelo. Palabras textuales de mamá, de la abuela, ¡como les encantaba programar mi vida carajo!, pensó. Qué cara habrán puesto mamá y la tía Paula al enterarse por la televisión, o el periódico, si es que alguno de los empleados les mostró uno de esos diarios que no se leen en la casona de los abuelos. Para ellas y la abuela, si estuviera viva, claro; lo que estaba pasando eran las consecuencias del libertinaje, del desapego a la normas, a la tradición familiar del tío Eduardo; que su espíritu vagabundo y cosmopolita del que siempre hacía gala lo había llevado a estos extremos: vivir en pecado con una mujer que no era de su condición y que además podría pasar por su hija. ¡Recién ahora entiendo porque nunca pude escribir un cuento, un guión de teatro, carajo! Intento hablar, pensar como ellas y me salen esas frases hechas, cuál es el problema ¿escrúpulos, por ellas, por ella? En más de una ocasión has oído decir a mamá: zorra, puta barata y un sinfín de insultos más cuando se refería a Raquel. Y cuando bordeabas los quince o dieciséis años en más de una ocasión escuchaste a una tía Paula entrada en tragos decir: no papi, con esa huachafita ni para que debutes, consíguete una a tu altura. ¿Por Raquel entonces? Tampoco lo sé, me expulsó de su vida con las palabras más duras que me han dicho jamás y luego como si no hubiera pasado nada me buscó para que la ayudara a conseguir los fármacos que la han dejado en ese estado, pensó.


IV


Imágenes, lo único que tenía de ella eran imágenes. La última era premonitoria. Vestía de negro, andaba en zancos y tocaba su viejo saxo; su séquito de niños se había retrasado y él pudo fotografiarla sin escolta. La tarde moría y el cielo era amarillo, el nombre del lugar aumentaba el sino trágico de la imagen: “Estación de desamparados”. Exactamente la parte posterior de la estación, a unos cuantos metros del “Parque de la Muralla”, desde allí había venido hipnotizando a medio centenar de niños con las melodías tristes de su saxo, antes de que diera media vuelta y emprendiera el retorno, él disparó. Esa fotografía era una de las pocas imágenes que existían en un soporte distinto al de los recuerdos. Pero aunque existía una copia en papel que hacía del momento un hecho real, la imagen se transformaba cuando él trataba de recordar si la melodía que salía del saxo era una vieja cumbia o una guaracha. Existían algunas instantáneas más, todas tomadas en la casa del tío Eduardo, pero las imágenes más importantes eran solo recuerdos. Los más importantes eran dos: en el primero un asistente retira un biombo y aparece Raquel, en el parque Kenedy, luego de interpretar a cuasimodo. En la segunda él llega a la casa del tío Eduardo, en El Olivar, huyendo de casa luego de una pelea con su madre y se encuentra a Raquel, semidesnuda, tocando su saxo en la sala de la casa.


Continuará

2.23.2010

Kurt Cobain, Charly García y The bang bang club


Por Adán Calatayud

Hola Times, hola premio Pulitzer,

cicatrices tribales en tecnicolor,

Bang bang club, AK 47 horas

Kevin Carter, Manic street preachers


En el penúltimo año de la secundaria todos queríamos ser como Kurt Cobain. Es un drogadicto, su música es pura bulla y no se entiende lo que canta, decían nuestras lindas compañeras de clase. Sus faldas cortas, muy por encima de la rodilla; los tirantes sueltos, que caían desafiantes sobre esas caderas que despertaban más de un suspiro, y sus doradas trenzas francesas no podían hacer que cambiáramos de parecer. Nirvana era la mejor banda y Kurt era nuestro ídolo. En las fiestas, aunque no pusieran una sola canción de Nirvana, abundaban los blujean rotos y las zapatillas “all star” (o alguna que se pareciera y fuera más barata). Está demás decir que todos esperaban terminar el colegio para dejarse crecer el cabello y llevarlo como Kurt y creo recordar que alguna vez alguien dijo delante de las niñas que deseaba tener una banda de rock y fumar marihuana, para probar nada más —siempre es bueno saber—como era esa cosa. Al tener esos gustos y esas aspiraciones, las escasas muchachas bonitas de la clase —las de faldas cortas y trenzas castañas, desde luego— dejaron de interesarse en nosotros y empezaron a interesarse en los compañeros de otras secciones. Ellos, al igual que las chicas, si disfrutaban con lo que sonaba en la mayoría de las radios: Jerry Rivera, Ace of Base, Wilfrido Vargas y tantos otros músicos y cantantes que mis amigos y yo detestábamos.


La música de Nirvana nos unía más que el futbol, más que las infinitas versiones de “Tabú” o los capítulos de “Supercampeones”, pero a diferencia de mis amigos, que estaban dispuestos a renunciar a las chicas de la clase y pensaban encontrar nuevas amigas y enamoradas a las que les gustaran kurt y compañía, yo si echaba de menos a las muchachas y sobre todo a la guapa Alejandra. Era la chica más alta del colegio, llevaba el pabellón nacional en los desfiles, era la capitana del equipo de voley y por su físico parecía una muchacha de más de dieciséis años. Con la mayor parte de mis rivales fuera de la competencia, el único camino que me quedaba era dejar de parecerme a ellos. Pero no tenía la suficiente personalidad como para prescindir de un ídolo, así que tomé prestado el de mi hermano mayor: Charly García. Para Alejandra eso estuvo muy bien, las letras de “Quizás porque” y “Necesito” le encantaron. Pasé muchas tardes en su casa escuchando los viejos casetes donde mi hermano había grabado canciones de todas las etapas de Charly.


Cada vez me hacía más fanático de Charly, pero una tarde en galerías Arenales, mientras, buscaba un disco de original de Charly García —de segunda mano porque mi presupuesto era escaso— para regalárselo a Alejandra por su cumpleaños, encontré en una revista un artículo sobre cuatro fotógrafos sudafricanos que se hacían llamar The bang bang club. Con lo que sobró de la compra del disco me hice de la revista y en el viaje de regreso a casa leí el artículo más de tres veces. Lo siguiente fue buscar más información sobre estos fotógrafos y conseguir una cámara fotográfica. Era un ignorante en la materia pero mi intuición me hizo elegir la polaroid del abuelo a la compacta automática de mi padre. No me arrepentiría, las primeras instantáneas que tomé fueron de Alejandra acodada en el balcón de su casa. “Un sol amarillo que se niega a morir, una muchacha bonita, has tomado una foto de postal”, dijo el abuelo cuando le mostré la primera fotografía, luego me aumentó la propina. Al principio me interesaba The bang bang club, pero luego mi interés se centró en Kevin Karter. Allí empezaron los problemas con Alejandra, mí nuevo ídolo tenía algún parecido con Kurt Cobain, demasiado lúcido, demasiado sensible; era autodestructivo y adicto a las drogas. Le conté que había ganado un Pulitzer por la fotografía donde un buitre acecha a una niña a punto de morir, pero fue en vano, Alejandra no sabía que era un Pulitzer y jamás entendería los motivos que llevaron a Kevin a tomar su decisión. Volvía a ser como mis amigos. Yo moría por los besos de Alejandra y traté de volver a enamorarla recurriendo al gran Charly, pero mi musa ya no gustaba de su música: “Confesiones de invierno” la deprimía; “De mí” le provocaba algo de miedo; además Charly entraba a una de sus etapas más oscuras. En quinto año fue peor, Alejandra prefería salir a bailar con chicos mayores a posar frente a mi polaroid o pasarse la tarde escuchando música en la cochera del abuelo. Una semana después de romper conmigo la vi besándose con un chico de su cuadra que ya había terminado el colegio. Después de eso me interesé mucho más por la fotografía, empecé a comprar revistas y libros sobre el tema, conocí a Kapa, Cartier-Bresson, Man Ray, Adams y Newton. El abuelo, que disfrutaba financiando mis caprichos me compró una cámara telemétrica de segunda mano. En mi primera borrachera, en casa de uno de mis mejores amigos, protagonicé una escena que casi todos mis ex compañeros recuerdan: subido en una silla juré que sería como Kevin Karter y siempre escucharía a Charly García, aunque no tuviera a Alejandra. Al terminar de hablar la silla tambaleo y en la caída me rompí la cabeza.


En abril de ese año Kurt Cobain se suicidó, mis amigos andaban tristes y sin novias, yo traté de compartir su sufrimiento, pero sentía que un abismo muy grande nos separaba, ellos también lo notaron y guardaron distancias. En julio Kevin Carter se suicidó. Las distancias se desvanecieron, mis amigos y yo volvimos a ser un mismo cuerpo: guardábamos un pesado luto por nuestros héroes muertos.


Al terminar el año escolar, en la fiesta de promoción, Alejandra se acercó a la mesa donde me hacía el adulto bebiendo cerveza tras cerveza para pedirme que le concediera un baile, yo había evitado cruzarme con ella toda la noche, pero no pude negarme. Olvidé que tenía dos pies izquierdos, tomé su mano y la llevé a la pista de baile. Bajo la esfera de cristal apreté su cintura, ella apoyo su cabeza en mi hombro y susurró: “ojalá que Charly no quiera suicidarse”. Sintiéndome más adulto que nunca, pegué mi boca a si oído y susurre: Charly no haría eso, nunca lo haría, repetí; luego le robé un último beso.


Carabayllo 22 de febrero del 2010


2.01.2010

Rec/Stop


Por Adan Calatayud

Verano, cosas importantes ocurrían en verano. Pero como acabo de decir, ocurrían. Ahora la única novedad es tu partida. Tu partida y este juego de contar frente a la cámara de video unas cuantas cosas que no sepas de mí y “te den una idea más exacta de quién soy, para que me recuerdes en tu larga estadía en el extranjero.” No sé como acepté hacer esto; cuando soltaste esa última frase, sentí ganas de expulsarte de mi casa (nuestra casa), de darte una bofetada, pero me contuve, te veía después de más de un año y quise escuchar más. Luego vino ese refrito de que nunca se termina de conocer una persona y otras tonterías más que no entendí porque mientras hablabas me puse a recordar que precisamente por intentar empaparte de mí, de las cosas en las que creo y hago y por querer tener contigo una relación sin convencionalismos, que no cayera en la rutina, terminé espantándote. Ahí estaba yo, una vez más, con mis recuerdos y mi mundo, frente a tus ojos negros y tu rostro sin maquillaje; de pronto terminaste de hablar y tenías para mí una cámara de video, un beso en la mejilla y un “regreso en una semana por la grabación, te quiero mucho, gracias, saludas a tus padres.”


REC: ¿Qué cosas pasaban en verano? Las calles estaban llenas de amigos con quienes jugar y enemigos con quienes agarrarte a trompadas; muchachas a quienes espiar cuando se sentaban mal o cruzaban las piernas, también les podías robar un beso en el juego de las escondidas. Y en la casa de los abuelos abundaban los nietos, primos, sobrinos, dependiendo el punto de vista. Jugaban pelota, trompo y caja los más pequeños; al papá y la mamá o al doctor y la enfermera, los más grandes y avezados. Después de años espiando a mis primos y a mi hermano mayor, en el 93 inicié el verano midiendo más de metro sesenta. Los abuelos profetizaban que sería tan alto como papá, que pasaría el metro ochenta con facilidad; mamá me dio libertad para quedarme hasta muy noche jugando con los amigos de la cuadra y una tarde de domingo, Bertha, la prima enfermera, me llevó a la huerta para hacer cosas. En más de una ocasión dije que ese era el mejor verano de mi vida y debió haberlo sido hasta fines de enero, cuando apareció la enfermedad de Manuelito. Una madrugada aparecieron en la casa los tíos llevando al bebé en brazos, solo mamá y yo nos despertamos; ella me vio en el umbral de la puerta y me mandó a dormir, “solo le pondré una inyección”, dijo. Al despertar mamá no estaba. A esa madrugada le siguió una semana de mamá y los tíos en el hospital, haciéndole todos los exámenes posibles a Manuelito. Una noche en la casa de la abuela, cuando los nietos más pequeños habían sido llevados a sus casas a dormir y los más grandes mataperreaban en las esquinas, los adultos se reunieron para hablar de la enfermedad de Manuelito. Bertha y yo, que andábamos escondidos en la huerta, al tratar de salir de la casa sin ser sorprendidos alcanzamos a oír de los labios de mi madre: Cáncer. Lo siguiente para los adultos fue tratar de reunir todo el dinero posible. Los menores seguíamos mataperreando por el barrio, ajenos a todo. El primer sábado de febrero hubo una parrillada: la casa se llenó de gente que bebió y bailo hasta el amanecer, Bertha y yo robamos una botella de cerveza y nos pasamos toda la noche haciendo cosas. A la semana siguiente escuche decir a mamá que se necesitaba más dinero. Como si esa frase hubiera sido un conjuro, las sonrisas empezaron a ausentarse de los rostros de mis padres, todos mis tíos y los abuelos. Se hizo una actividad más y el dinero seguía faltando. La abuela empezó a llevar a todos los nietos a la iglesia. Recen por su primo nos decía. Una noche en la huerta Bertha me dijo que se había confesado y ya no quería hacer más cosas, que yo también debería confesarme, que si no estaba limpio no podría pedir por la salud de nuestro primo. No recuerdo qué le dije, pero hice que llorara, después de eso no volvió a pasar nada entre nosotros. La primera semana de marzo se hizo otra parrillada; esta vez se le ocurrió a mamá que sería bueno aprovechar el fin de carnavales para hacer un cortamonte y yo me ofrecí para adornar el árbol. La madrugada de ese sábado papá, mi hermano mayor y yo salimos en el viejo Dodge del abuelo a buscar el árbol. Después de cruzar el río Chillón y bordearlo por más de diez minutos llegamos a lo que parecía una plantación de sauces. Papá dijo “aquí”, sacó los machetes y escogió el árbol más grande. Después de una hora de golpes de machete, el árbol cayó. Mientras mi hermano y yo atábamos el árbol a la camioneta papá se alejó. Pensé que había ido a orinar, pero cuando regresó tenía los ojos rojos. Porque estuviste llorando le pregunté: “ayer vi al bebé”, me dijo; como está, insistí; “bien, ayer empezó la quimioterapia”, respondió; quise hacer más preguntas, pero mi hermano me dio un manotazo para que guardara silencio. En la tarde, luego de plantar el árbol y adornarlo, fui a mi casa y encontré a mi hermano leyendo en su habitación, no le presté mucha atención y fui a bañarme. Antes de salir de casa le pregunté si no venía al cortamonte, me respondió que no y señaló una ruma de libros que tenía por leer. Me pasé toda la noche espiando el cortamonte, el bullicio, los excesos de los adultos y a la mañana siguiente me sentía extraño. Al regresar a casa mi hermano continuaba leyendo, cogí uno de los libros que él ya había terminado y fui a mi habitación, quise leer, pero me quedé dormido. A la semana siguiente Manuelito murió. El velorio, el entierro y los días que se vinieron deben haber sido los momentos más duros que se vivieron en casa de mis padres y en la casa de los abuelos. Por esos días me encerraba en mi cuarto a llorar y cuando estaba en la calle andaba como un sonámbulo. Cuando iba a la casa de los abuelos sentía que la luz en lugar de entrar por las ventanas huía hacia la calle, el bullicio que hacían mis primos mientras jugaban en el patio y la huerta eran insoportables, me gustaba encerrarme en la vieja habitación de papá y empecé a disfrutar del silencio y la oscuridad que reinaban allí desde que papá dejo la habitación para irse a vivir con mamá. A fines de marzo escuché gritos en la habitación de mi hermano mayor. Él no había ido ni al velorio ni al entierro. Cuando mamá se fue al mercado entré a su cuarto y le pregunté porque le habían gritado; “porque no voy a hacer la confirmación, porque soy ateo, porque no volveré a pisar una iglesia”, me dijo; sentí mucho rencor e impotencia en sus palabras, quise decir algo, pero me pidió que saliera, mientras cruzaba la puerta alcancé a escuchar: “no es justo, no es justo”, di media vuelta y mi hermano estaba llorando, me acerqué, él me abrazó, se secó las lágrimas y dijo que fuera a leer el libro que había cogido días antes. Me tomó una semana a tiempo completo terminar Crimen y Castigo, luego de esa lectura me olvidé de mataperrear en las calles, de los cumpleaños de mis primos y amigos, de Bertha y la huerta de los abuelos y leí todos los libros que mi hermano apilaba semana tras semana sobre su mesa de noche. Una mañana antes de que empezaran las clases del colegio entré al cuarto de mi hermano y conversamos por horas, lo único que recuerdo de esa conversación es que mi hermano dijo que ya no sería doctor como mamá y la abuela soñaban desde que, en el colegio, empezara a sacar año tras año el primer puesto. “Seré economista, y tú qué serás”, preguntó; yo seré escritor, dije con mucha convicción. “Eso está bien para los sentimentales como tú”, dijo, me enojé y salí de su habitación. Así terminó ese verano. STOP.


Hace mucho que no ocurre nada importante en el verano, este verano terminará con tu viaje, esa será la novedad. Ya está; terminé tu grabación contando algo que no sabías de mí, esbozando esa historia que nunca pude escribir. Recuerdas el ritual Clapton-Truffaut-Dostoievski, era el procedimiento, la búsqueda de inspiración/predisposición previa a cada intento de escribir, algo parecido a tu juego con la cámara de video para recordarme. Mi juego nunca funcionó; algunas veces, cuando mi hermano llama del extranjero y conversamos horas de horas, antes de despedirse pregunta si estoy escribiendo o si ya publiqué algún libro y las respuestas siempre son negativas. Hace una hora, cuando terminaba tu grabación se me ocurrió dejar un par de preguntas como las que mi hermano siempre reserva para el final de nuestras conversaciones; pero a último minuto decidí no preguntar nada, me aterra pensar que tus respuestas sean iguales a las mías. STOP

12.06.2008

Naranjas

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por Adán Calatayud
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A Yuli, que gusta de las frutas


Bus, 50 días después

Bus naranja, día anaranjado, un jugo de naranjas me espera en el paradero, fotos en tono sepia en el estudio, las paredes rojo ladrillo del laboratorio; las viejas construcciones que rodean la Plaza Bolognesi son de un rosa apastelado, cercano a un naranja sin vida. Lima, mi vida, esta tristeza, transcurren anaranjadas. Por insistencia suya empecé a cuidarme el estómago, por ella empecé con las naranjas, ese día me dejó.


Paradero, 100 días después

Ahí viene el joven otra vez: flaco, largo, con su cabello desordenado, sus lentes oscuros, su casaca de cuero y su mochila al hombro. “Buenas seño, deme un vaso de jugo”; “buenos días, joven, en un segundo le preparo su jugo”; “el sol salió temprano hoy ¿no?”; “sí, está bonito el día, joven, sírvase”; “gracias, seño, está bueno”; “está como a usted le gusta, joven”; “cóbrese, seño, se me hizo tarde”; “su vuelto, joven, vaya con cuidado”; “hasta mañana, seño.” El joven es raro, siempre dice cosas graciosas, cuando llega temprano se toma dos o tres vasos de jugo, me conversa, me dice que su novia se fue y me pregunta si no conozco una chica simpática para que se la presente. Cuando lo conocí, me contó que está mal del estómago, que el médico le ha dicho que debe consumir mucha vitamina “C”, que a él le gustan las naranjas, pero le da flojera pelarlas, las prefiere en jugo, por eso desayuna jugo de naranja. Hace un mes apareció con esos lentes grandotes, diciendo que estaba mal de la vista, que no podía estar bajo el sol sin sus lentes oscuros. Yo creo que usa esos lentes para que no se le noten los ojos rojos, las ojeras que tiene por trasnochador, por parrandero o porque llora mucho por su novia que se fue. Hace como tres meses que viene y siempre me olvido de preguntarle su nombre. Siempre acabo mis naranjas temprano, pero todos los días le guardo unas cuantas y me quedo esperándolo para que no se vaya a trabajar sin tomar su jugo. Es buena gente, a veces me ayuda a empujar mi carreta para cruzar la pista.

Bus, 150 días después

“¿Alguien baja Uruguay...? Uruguay bajan”. Eso me pasa por fisgón, por andar revisando las cosas ajenas. Maldita la hora en que se me ocurrió revisar su correo electrónico. Sabía que estaba mal, pero me valió un pepino. Ahora estoy jodido, no quiero ir a trabajar, solo quiero quedarme en casa viendo películas, escuchando música o haciendo cualquier cosa que me distraiga, pero hacer eso es imposible, no puedo borrar esas fotos de mi cabeza: ella y su nuevo enamorado tomados de la mano, ella y su nuevo enamorado dándose un beso en el centro cultural donde expuse mis primeras fotografías. Hay más fotos, pero no quise continuar con la tortura. Ahora sólo me pregunto: ¿quién es? ¿De dónde salió? ¿Cuándo lo conoció? ¿Por qué no llamas, Raphaela? ¿Por qué te niegan cuando llamo a tu casa? Desde hace un mes no hago más que hablar contigo telepaticamente y compararme con ese desconocido. Se me ocurre que a él no le molestan las imperfecciones de tu cuerpo, que él no se siente cursi y estúpido al decir cosas como te amo, para él esas palabras no son vanas ni innecesarias cuando te hace el amor, él no te llama como las protagonistas de sus películas y libros preferidos, él te llama por tu nombre, aunque sea feo, él no te obliga a escuchar las canciones de Aute horas de horas, tampoco te pide que intentes cantar como Joan Baez, él no te dice: tienes que leer este libro, ver estas películas, escuchar este disco, él si sabe bailar, él si disfruta de la compañía de tus parientes, sienta en sus muslos a tus sobrinos, juega con ellos y tiene largas conversaciones sobre fútbol con tu hermano, él no cree que tu madre es una vieja histérica, él si cree en los compromisos, en el matrimonio. Siempre salgo perdiendo de esas comparaciones, pero hay días como hoy en que se me ocurre que él nunca podrá congelar tu sonrisa, esa sonrisa enorme y despreocupada que alguna vez capturé en una instantánea, él no sabe hacerse el niño tan bien como yo, él no le pone un nombre, ni le habla de ti a su cámara fotográfica, tampoco puede quedarse mirándote a los ojos hasta hacer que el silencio sea mucho más que un vacío de palabras, él no se despierta y se acuesta pensando en ti, queriéndote, odiándote, renegando por tu ausencia, el no carga esta cajita estúpida a todas partes. “En Plaza Bolognesi bajo” “Bolo, bajan.”


Paradero, 150 días después

“Hola seño, ¿me guardó jugo?”; “claro joven, yo no quiero que después me eche la culpa de que le duele el estómago”; “ya no me duele el estómago, seño, ahora sólo me duele aquí, en este lado del pecho”; “déjese de locuras joven, tómese su jugo, se le va hacer tarde”; “es en serio señito, cómo hago para olvidar a alguien que ya no me quiere”; “otra vez su novia, joven”; “ya no es mi novia, seño, desde hace mucho tiempo que dejó de serlo y recién hoy me di cuenta.” “No se ponga triste, joven, así pasa, cuando mi marido se fue y me dejo con dos bebes, yo no me puse a llorar”; “mis problemas, son nada al lado de los suyos, seño”; “nuestros problemas siempre son nuestros problemas, joven, pero uno no se puede pasar la vida emborrachándose, llorando...”; “no me regañe, seño, se muy bien que esto último lo dijo por mi”; “cada quién sabe lo que hace, joven”; “jajaja... se me ocurre algo, seño... guárdeme esta cajita... hoy es viernes ¿no?”; “sí, joven”; “entonces, usted me guarda esta cajita hasta el lunes, si el lunes no me aparezco por aquí, será porque renuncié a mi trabajo y me fui de vacaciones”; “no sea tonto, joven, como va renunciar a su trabajo, ¿de qué va vivir?”; “no se preocupe seño, yo tengo un dinero que venía ahorrando para... para... no importa para que estaba ahorrando, eso no podrá ser...”; “parece un loco cuando habla solo, joven”; “no me haga caso y guárdeme esta cajita”; “yo no quiero meterme en problemas, joven”; “jajaja no es nada malo, señito, le juro que no se va meter en problemas, tome, guárdeme esta cajita, si el lunes no me aparezco por acá, la cajita es suya, usted puede abrirla y quedarse con lo que hay adentro, ya se me hizo tarde, hasta luego, seño”; “cuídese, joven, vaya con cuidado, el lunes yo le devuelvo su cajita.”


Paradero, 200 días después

Tres naranjas más. Desde que el joven dejó de venir, como tres naranjas diarias. Son las que guardo por si alguna vez baja de ese bus naranja en el que siempre venía y me pide su vaso de jugo. Todos los días, desde las seis hasta las ocho de la mañana, veo un montón de gente pasar: borrachines, drogadictos que se quedan dormidos en las gradas de la Plaza Bolognesi, bajan por la avenida Arica o suben por Paseo Colón, rumbo a sus casas; jóvenes, chicas, señores, señoras, colegiales, universitarios que bajan del carro y se toman un vaso de jugo de naranja antes de irse a trabajar o estudiar. Siempre estoy atenta a todas las personas, pero ninguna de ellas es el joven; también miro los buses, las combis, los colectivos, los taxis y nunca aparece el joven. Nunca le pregunté su nombre, sólo espero que un día venga a tomarse un vaso de jugo antes de ir trabajar para preguntarle su nombre y devolverle esos anillos de compromiso que encontré en la cajita que me dejó, el otro día mi hermana los vio y me dijo que los venda, que no sea tonta, que seguro me dan bastante dinero por ellos, pero esos anillos son del joven, seguro los compró para su novia que se fue, le deben traer malos recuerdos, pero solo él puede venderlos, botarlos, lo que sea, por eso lo voy a esperar todos los días en mi puesto de jugo para devolverle sus anillos y preguntarle su nombre.
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10.22.2008

Psj. 18

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por Adán Calatayud
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Día 1

El mismo pasaje de siempre: estantes, vitrinas apretadas, letreros luminosos; avanzo a toda prisa entre puestos de discos, películas, suvenires, videojuegos. Me detengo frente al puesto de siempre, me conseguiste las películas, pregunto a la chica detrás del escaparate, si ahora te las doy, se agacha y saca un paquete, me lo alcanza, le pago, guardo el paquete en mi mochila. Ya te vas, tengo novedades, me dice la muchacha, se me hace tarde para el trabajo, pero mi curiosidad es más grande que mi sentido de la responsabilidad, a ver le digo, la chica me alcanza un catalogo, todas estas son de cine asiático, dice. Paso una, dos páginas y pido tres películas más, sigo revisando el catalogo y un anciano se acerca a ofrecerme caramelos, le digo que no, pero insiste, es para mi medicina, dice, estoy mal de salud, algún día tu padre o tu abuelo pueden estar enfermos, agrega, le repito que no, y el anciano vuelve a insistir, mientras discuto con el anciano, alguien en algún lado me observa, siento el peso de su mirada en la nuca, giro, miro a todos lados y encuentro a una chica delgada, no es bonita ni fea, pero hay algo en ella que me atrae de inmediato, la chica empieza a caminar hacia el puesto de películas, me esquiva, abre la puerta y se ubica junto a la otra muchacha, desde allí me mira risueña, para deshacerme del anciano, le compro una barra de caramelos y vuelvo a revisar el catalogo, la chica sonríe, pido una película más y me despido de la primera chica, doy unos pasos y alguien a mis espaldas pregunta: ¿ese es el loquito del cine asiático?


10 días después

Vuelvo al puesto de películas y me encuentro a la muchacha risueña, le pregunto por la otra chica y me dice que es su hermana, que se fue a trabajar a Chile, que pena, le digo, ella me conseguía las películas más difíciles de encontrar, no te preocupes, yo te las puedo conseguir, me responde la muchacha, sonrío y ella me regala una enorme sonrisa, me siento torpe, no sé qué hacer, qué decir, me escudo tras un catalogo, ella pregunta por qué veo tantas películas, le digo que escribo una columna sobre cine en una revista, yo nunca podría escribir sobre cine, me dice, no me gusta estar buscándole cosas a las películas, creo que no podría disfrutarlas, y si no puedo disfrutarlas, pierden su gracia, lo que me acaba de decir me suena a trabalenguas, pero me parece sincera, sin poses, sin preocuparse por tener algo inteligente que decir, siento un poco de envidia, hace mucho tiempo que no me siento a ver una película sin buscarle las virtudes y los defectos. Me pierdo en mis pensamientos y ella me regresa a la realidad agitando sus manos frente a mi rostro, en qué piensas, pregunta, el otro día una amiga me dijo que yo era el “loquito del cine asiático”, digo calculando su reacción, así, que coincidencia, yo también te puse ese sobrenombre, ya lo sé, le digo, ella se queda en silencio, miro mi reloj y es hora de irme, armándome de valor miro a la muchacha y con una voz de niño asustado le pregunto si le gustaría ir al cine conmigo, ella se ruboriza, se coge el cabello, va decir algo, pero llega un cliente y pide una película, la historia se repite con tres personas más, ella los atiende y yo vuelvo a mirar mi reloj, la muchacha nota mi impaciencia y me da una tarjeta personal, llámame, dice.

100 días después

Tres meses de salidas al cine; largas horas esperando, acodado en un mostrador atiborrado de películas piratas; cenas llenas de bromas, de juegos con la comida en un chifa o una pollería; frases tontas, sonrisas torpes, miradas adormecidas; sexo, amor apurado en alguna habitación de un hotel de mala muerte, llegan hoy a su fin. Raquel se va a Chile, a trabajar con su hermana, dice que allá estará mejor. En ningún momento me preguntó que pensaba, es cierto que desde nuestra primera cita ella hablaba de reunirse con su hermana, pero nunca imaginé que partiría tan pronto. Hoy es nuestra despedida, acodado en el mostrador de su puesto de películas imagino la última escena de nuestra historia: en un colorido chifa de la calle Capón cenamos tallarines, luego damos un paseo por el Jirón de la Unión, ella me coge del brazo, avanzamos unas cuadras y se desata una lluvia torrencial, nos refugiamos bajo el alero de alguna casona antigua, nos alumbra un viejo farol, mientras esperamos que pase la lluvia fumamos cigarrillos Winston y exhalamos grandes volutas de humo, no hay palabras, solo miradas cómplices. Un niño jalonea mi casaca y me ofrece caramelos de menta, le compro unos cuantos para que se aleje, miro a Raquel, ella me lanza un beso volado y dice que cierra en diez minutos. Intento imaginar el final de mi escena, pero mis esfuerzos son vanos, algo me recuerda que en Lima no llueve, que quedarse parado en una esquina es exponerse a ser asaltado, que no fumo. Raquel se acerca, me besa y me pide que la ayude a cerrar.


1000 días después

Estoy cansada, creo que me he perdido, no debí extraviar el papel donde anoté el número de pasaje. Hice un viaje larguísimo para conseguir esas películas y parece que fue en vano, sólo quedan dos pasajes, en uno de ellos deben estar los puestos de películas. No me equivoqué, acabo de llegar a un pasaje lleno de estantes y vitrinas atiborradas de películas, un chico de anteojos negros, barba crecida y cabello erizado me mira acodado en un mostrador, me parece simpático, me acerco, le pregunto si tiene películas de Johnnie To, me ofrece un catalogo, todas estas son de cine asiático, dice, paso una hoja, dos y encuentro las películas que buscaba, se las pido, me las entrega, ya tengo que irme, pero me gustaría quedarme a conversar, parece saber mucho de cine. Miro mi reloj y le digo que pienso volver otro día por más películas, no hay problema dice, ¿trabajas aquí todos los días?, pregunto, solo de lunes a viernes, dice, tienes bastante tiempo trabajando acá, vuelvo a preguntar, casi tres años, una ex enamorada se fue del país y me encargó su puesto, responde, miro al chico y me regala una sonrisa triste, mando al diablo mis clases y me apoyo en la vitrina, ¿y cuál es tu director favorito?, no reconozco mi voz en esa pregunta, él se acerca, se apoya en el mostrador y me dice que…

F i n
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9.27.2008

Espacio

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Por Adán Calatayud
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Qué fastidio, cuatro pisos cargando esta maleta y mi caja de libros, voy a sufrir cuando traiga la cama, el televisor, la computadora y todo lo demás que me falta comprar. Hogar, dulce hogar, cuando termine con la decoración, será la perfecta morada de un diseñador. Hoy dormiré en el mueble que dejó la tía Zoila, mañana traeré las cosas que faltan. La vieja biblioteca del tío Rubén será el mejor lugar para mis libros, discos y películas, pero está muy sucia, necesito un plumero, tendré que molestar a la portera. “Aquí tiene joven, va vivir solo, no tiene esposa, a su edad ya debería estar casado, usted debe tener más de treinta años…” Maldita vieja, la cantaleta que tuve que aguantar por un miserable plumero. Pude haberle preguntado qué de malo tiene la soledad, pero preferí regalarle una sonrisa estúpida y terminar la conversación. Por dónde empezar, lo mejor será reproducir el orden que mis cosas tenían en casa de mamá. Autores clásicos, contemporáneos y los más recientes en la parte superior. Cine mudo, seguido del expresionismo alemán, el neorrealismo italiano, la nueva ola francesa, y luego un grueso volumen de películas de distintos directores y corrientes, al centro. Deben ser más de trescientas películas, todas copias “piratas”.

Después de mucho esfuerzo he logrado reproducir el orden anterior, incluso he respetado los espacios vacíos que dejaron los discos, películas y libros que están en casa de Claudia.

Durante mucho tiempo creí que Claudia llegaría un día a casa con mis cosas y empezaríamos esa relación que veníamos postergando desde hace más de diez años. No había olvidado esta tonta idea, pero hace un tiempo logré ubicarla en el lugar que ocupan los sueños y deseos que no se cumplirán, junto a mis anhelos de ser escritor, dirigir una película, un documental y tantas cosas que no podré ser o hacer, porque a estas alturas de mi vida carecen de sentido. Hace media hora la impertinencia de la portera hizo que me acercara a esa zona restringida de mi memoria, y hace cinco minutos, al terminar de ordenar las cosas, los recuerdos se hicieron más nítidos y cercanos. Claudia tiene en su poder diez películas, cuatro libros y cinco discos. Para ella representan mi lado oscuro, son las películas más tristes, los libros más complejos y los discos más depresivos que ha visto, leído y escuchado. Fui dejando esas cosas en su casa, hace tres años, en mi último intento por enamorarla, cuando nos pasábamos domingos enteros escuchando música, viendo películas e intercambiando noticias de los amigos que rara vez veíamos. Así había ocurrido desde la universidad, siempre nos gustamos o en el peor de los casos, siempre consideramos que la compañía del otro significaba el mejor descanso para nuestras búsquedas y andanzas infructuosas, por eso en los intermedios de nuestras relaciones nos buscábamos. Pasábamos mucho tiempo juntos y yo trataba de enamorarla a paso de tortuga, avanzando hasta donde ella lo permitía, pensando que entre nosotros eran innecesarios los típicos rituales del enamoramiento, que el tiempo, los gustos, los sueños, los proyectos de vida que supuestamente compartíamos, harían caer de madura esa relación que según las palabras de su madre veníamos postergando desde el primer año de la universidad. Claudia siempre supo muy bien lo que yo pensaba y se esforzaba por tener paciencia, y estoy seguro que al igual que yo deseaba que mi presencia en su vida se convirtiera en una necesidad, pero siempre había algo que terminaba haciendo que pateara el tablero. Supongo que para ella siempre faltaron las palabras de amor, esas frases torpes, absurdas, estúpidas, que decimos conteniendo la respiración y con una voz que más parece un chillido. A diferencia de las ocasiones anteriores, en mis intentos de hace tres años, fui yo quién pateo el tablero. Recuerdo que una tarde estaba en casa de mamá, en uno de mis tantos intentos fallidos por escribir un cuento que me pareciera convincente y sonó el teléfono, era Claudia y quería verme, me pidió, como quien da una orden, que fuera a su casa, yo le dije que me concediera un par de horas porque me faltaba poco para terminar un cuento que venía trabajando desde hacía mucho tiempo y ella respondió sonriendo que no sea tonto, que yo nunca sería un escritor y que si tanto deseaba terminar ese cuento, sólo debía matar a todos los personajes y poner punto final, luego endulzó la voz y exigió que me apurara. Eso me enfureció y caí en la cuenta de que esa había sido la tónica de nuestros encuentros. A las dos horas llamé a su madre y al preguntarle por Claudia me dijo que estaba muy bien, que había salido a pasear. No la llamé en los meses posteriores y ella tampoco me llamó. El año pasado una amiga en común me comentó que Claudia pasaba por un mal momento y le haría bien tener noticias mías, aproveché que al día siguiente era su cumpleaños y la llamé. Por el auricular llegó a mis oídos una voz frágil, insegura, sin la coquetería, la espontaneidad, ni el tono socarrón que siempre me habían fascinado en Claudia, al sentir que conversaba con una extraña, opté por el camino de las frivolidades y cuando preguntó por qué estaba tan distante, no supe que responder, ella no quiso dar marcha atrás y continuó preguntando por qué siempre, salvo ese último año, había estado pendiente de ella, por qué era el único de los amigos de la universidad que la llamaba por su cumpleaños, por qué tantos correos electrónicos y llamadas telefónicas pidiendo noticias suyas, por qué siempre tuve una sonrisa para sus majaderías, tampoco respondí y ella, con la voz quebrada, dijo que tenía cosas mías y que cuando quería podía pasar a recogerlas, sólo en ese momento atiné a decir que me había convertido en un esclavo del trabajo y que esperaba con ansia mis vacaciones para buscarla e invitarla a cenar. Ella supo que estaba mintiendo, me agradeció la llamada y colgó. Al comprar este departamento pensé que sería el reino de mis gustos, aficiones, manías; el templo de mis discos, libros, películas, mi colección de afiches, suvenires y tantas cosas que me sirven para aplacar la soledad y matar los ratos libres; que las mujeres serían amores de una noche de alcohol o una madrugada de drogas, nada serio, pero desde hace una hora las respuestas, las palabras de amor que nunca tuve para Claudia lo han inundado todo y no sé si al llenar los espacios vacíos de mi biblioteca con otros discos, otras películas, otros libros, lograré ahuyentarlos, tampoco conseguiré saber si ella alguna vez deseó oír esas palabras. ■
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9.07.2008

Aviones

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por Adán Calatayud
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“Pascana” bajan. Nueve pasajeros. A este paso me voy a quedar sin boletos, si los boletos fueran más grandes, mis aviones tendrían más peso y volarían mejor. De los cincuenta que he lanzado, por lo menos uno hubiera llegado. Pero también es culpa de las pistas, las ventanas rotas y Marquitos. Las pistas tienen hartos baches, las ventanas dejan pasar todo el aire y Marquitos maneja como una mula. Con un tiempo así ningún avión puede volar. Marquitos dice que esto de los avioncitos, las miradas, son cojudeces: mejor sería que te sientes a su lado y le hables; pero de qué le voy a hablar: ¿de cuánto tiempo demora hacer una “vuelta”? ¿Cuántas veces me he trompeado con un pasajero malcriado? ¿Cómo hago para gritar todo-canada-alfonsohugarte-collique desde las seis de la mañana hasta las siete de la noche sin perder la voz? ¿Cuánta plata me he encontrado en los asientos? ¿Cuántos boletos me he gastado tratando de que uno de mis aviones aterrice en su cartera? ¿Alguien baja “Velasco”? ...“Velasco” bajan. Seis pasajeros. Yo creo que un avión significa mucho, las chicas son más detallistas que nosotros y saben qué significa el color de una flor, si el papel de una carta es especial o si le hemos puesto algún perfume, por eso estoy seguro que cuando encuentre uno de mis aviones en su cartera sabrá todo lo que me costó hacer que ese avión llegara hasta allí, no importa si lo único que dice es “hola, me llamo Eustaquio y quiero ser tu amigo”, ella sabrá apreciarlo. “San Juan” bajan. Cuatro pasajeros. Marquitos dice que mejor sería preguntarle qué estudia, si no le da frío ir a su instituto en falda todos los días, qué edad tiene, cómo se llama, si vive sola o con sus papás, si es de acá o de provincia como nosotros. Dicen que los charapas somos mandados, y debe ser cierto porque algunos amigos que se vinieron conmigo ya tienen hembra, el Julián ya preñó a su hembrita y Chuto vive con la suya. Creo que soy la excepción, pero cómo le hablo a esta chica si tengo la cara sucia por el humo, las manos negras de tanto agarrar las monedas, al Pepe le salieron hongos por los bichos que tiene la plata, yo no le creía hasta que vi sus manos con unos cayos grandotes que parecían jengibres. De nada me sirve cargar mi baldecito, mi jabón, mi toalla para lavarme en el paradero, si a la regresada otra vez estoy sucio. “Entrada”-baja, “Entrada”-baja. Tres pasajeros. Hoy es viernes, no la veré hasta el lunes, si hoy no le hablo, habré completado novecientos minutos sin decirle nada, ayer, en el almuerzo, cuando le conté a Marquitos, me preguntó cómo había calculado; muy fácil, le dije, para sacar la cuenta sólo tuve que multiplicar todas las veces que la chica ha subido al bus por los quince minutos que demora ir de la entrada de Collique a Santa Rosa; o sea que la chica ha subido sesenta veces al carro y ni una le has hablado, eres un huevas, por el espejito yo veo todo, todos los días la miras, ella te mira, esperas, con tu cara de cojudo, que se baje la gente y cuando ella se queda sola en el carro ¡ni una palabra!, no pareces charapa ¡carajo! Yo pienso que más cojudo es él, porque a estas alturas ya le debo como noventa soles del pasaje de la chica, pero a veces se me ocurre que si se ha dado cuenta, pero no me dice nada porque es mi amigo. Cuando Marquitos se enoja conmigo, porque me quedo dormido, porque no lo dirijo bien para que se cuadre, porque otro carro nos gana los pasajeros, o porque la cuenta no cuadra, dice que preferiría manejar un bus de la “línea 03”, para no tener cobrador; yo le digo que no sea malo, que se quede en “la 17”, para que me tenga de cobrador hasta que yo termine la nocturna por lo menos; y él me responde que no le crea, que él me va dar trabajo hasta cuando pueda. Bajalacurva, bajalacurva. Un pasajero sentado cerca del chofer. Ella siempre es la última, se baja dos cuadras antes del paradero. Sólo me quedan cinco minutos y un boleto, mi avión parece bueno y Marquitos me mira por el espejito como diciendo háblale, háblale, no puedo dudar, o le hablo o lanzo mi avión, doy un paso y me congelo, no siento mi pulso, me sudan las manos y me quedo sin saliva, Marquitos, mueve la cabeza como diciendo acércate, acércate, no seas huevas, quiero avanzar, pero no puedo, levanto mi mano derecha y lanzo mi avión, el papelito avanza por arriba de dos, tres, cuatro asientos, se acerca a su hombro, empieza a bajar, parece que va caer en su cartera, pero la chica voltea y el avión se estrella en su ojo derecho, ella se cubre la cara y se acurruca como si quisiera llorar, yo me acerco y le pregunto si está bien, ella me aparta con sus manos y me lanza una bola de papel en la cara, luego me dice idiota y se baja del carro, Marquitos, me mira por el espejito y se ríe. Miro al suelo, le doy una patada a la bola de papel y me siento al lado de Marquitos, él me pone una mano en la cabeza y me rasca como si tuviera piojos, le digo que se apure, porque no quiero llegar tarde a la “nocturna” y él me pregunta si no voy a leer el papel, me doy la vuelta y recojo la bola de papel, lo estiro, lo pongo contra mi pecho y le quito las arrugas, lo miro bien, es un papel amarillo, huele a flores, tiene escrito unas letras en color naranja que dicen: “si el lunes no me hablas, nunca más subo a este carro.” Marquitos me pregunta: qué dice, qué dice, yo me rio y le digo que no se apure, hoy no pienso ir a la nocturna, que si me invita un “chifa” le cuento. ■
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8.17.2008

Desaparecidos

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por Adán Calatayud
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Yo:
No aguantaba un día más en la casa de mamá, en la agencia, en Lima, todo me agredía; los sonidos, los objetos, los recuerdos flotando sobre las cosas. Qué pecado cometí para convertirme en un ser que se repite día a día, en un tapete sobre el que todos pasan sin limpiarse los pies, llenándolo de mierda: ser ordenada, comprometida, inteligente en el trabajo; ser solidaria y responsable con mis hermanas. Con la seguridad que me da el dinero escamoteado (no lo robé) a la agencia, mirando esta inmensidad teñida de todos los verdes posibles sobre la tierra me digo que escapé en el momento preciso, lo único que extraño son las caricaturas: al conejo jalando la barba de Sam bigotes o al hijo de Silvestre con una bolsa de papel sobre la cabeza avergonzado de su padre. Así me siento cuando pienso en mi familia, sobre todo en mis hermanas, no quiero verlas nunca más, espero engordar, llenarme de pecas, hablar como la gente que vive cerca de aquí, de este modo, si alguna vez tengo que regresar a Lima, nadie me reconocerá.


Tú:
Su película se irá a la mierda, ese será su castigo. Esa cojuda podrá haber estudiado en Chicago y Berlín, pero el cine sólo es su pasatiempo, tiene la película porque su culo puso como loco al productor. No me robé el dinero de la cooperación española sólo por darme el gusto de comprobar cómo su verga lo lleva a la ruina. Yo me hice solo en este medio, cargué cables, luces, hice sonido, nunca le hice ascos a nada; mirando, preguntando fui aprendiendo este oficio. Esta era mi oportunidad, ya le había demostrado mi valía con dos novelas y un cortometraje, pero no: le dio la dirección a la flaca que se ligó en Asia y que de casualidad había estudiado cine; a mí, su mano derecha durante más de diez años, me mandó a detener el tráfico, a callar el bullicio en exteriores. Para qué hacer más hígado, mejor es aprovechar esta calma, no más bocinas, canillitas, ni altoparlantes en las calles: aquí no hay calles. Mejor será ponerme a estudiar el sol, el cauce del río, ellos me darán la energía para cocinar los alimentos, la electricidad para tener luz y poder leer por las noches; de seguir comprando combustible el dinero que robé se agotará.


Él:
Maldita selva; el bochorno, los insectos, la falta de comida decente, me van a matar. De puro huevón estoy aquí, el papel aguanta todo me dijeron y por unos dólares yo puse la cara, mejor estaba con mi negocio de chatarra, haciendo plata de la basura, quién mierda me mandó meterme de periodista; claro que tengo la inteligencia, el perfil, pero ese último reportaje fue un abuso, debí pedir un poco más, así no estaría acá, me hubiera ido al extranjero y me estaría dando la gran vida, pero pensándolo bien, eso todavía es posible, estoy seguro de que mis vecinos, los dos extraños que viven a medio kilómetro, esconden algo, son iguales a mí: mierda huyendo de Lima. Que recen para que no lo descubra porque les voy a sacar hasta el último sol que se hayan traído a esta maldita selva.


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A YO, la traicionó la vida. Sus hermanas y parientes más cercanos se pelean por heredar la vieja casona familiar de La Aurora en Miraflores, su novio apareció en un video porno colgado en internet, en el trabajo solo por ser eficiente le quitaron el cargo de directora de arte y la pusieron a hacer presupuestos. YO nunca se traicionó, pensando en que algún día tendría que escapar, diseñó un sistema de pagos a proveedores y terceristas anónimos que le permitió canalizar el 1% del presupuesto de cada cuenta que manejó durante los ocho años que trabajó en la agencia de publicidad más grande del país. soñó desde niño con ser director de cine y su gran oportunidad le fue arrebatada; el guión era suyo, ayudó a conseguir financiamiento, pero le dieron la historia a otra persona. Cuando se enteró de esto decidió olvidarse del “amigo” que le enseñó el oficio, de su vida vacía en la capital y vivir su “original” película: “Asalto al camión de caudales”. Para hablar de Él solo es necesario decir que desde la dirección de un diario chicha enlodó a cuantas personas pudo y levantó todas las cortinas de humo que el sucio dinero le permitió. YO es hermosa y muy inteligente, es un hombre práctico, y un poco feo; son muy buenos amigos, YO utiliza la cocina solar y el domo de energía que construyó y le permite usar a cambio de que lo visite cada tarde para conversar de cine, y aunque a sólo le gusta hablar de los wenstern que vio de niño, a YO le divierten esas pláticas de media tarde. Los días transcurren así y aunque se llevan muy bien, no hay cabida para el romance, alguna vez, al hacerse confidencias, admitieron que extrañaban el sexo y se dijeron que podrían ayudarse a aplacar esas urgencias siempre y cuando tenga a la mano un poco de ese licor de frutas silvestres que prepara cada cierto tiempo. Pero ambos están muy lejos de cumplir su promesa, en el pequeño paraíso que cada uno a construido reina la soledad. ÉL, llegó veinte días después que ellos a estos parajes; los espió, hurgó entre sus cosas cuando fueron de pesca y no encontró dinero ni el menor indicio de por qué dejaron Lima. Perezoso y deshonesto decidió dedicarse al narcotráfico, pero antes de que pudiera ponerse en contacto con uno de los capos para ofrecerle sus servicios como asesor, lo mataron. Sin odios, sed de venganza, sexo, ni violencia este relato se agotó; como en el cine, sin conflicto no hay historia, mejor será colgar el cartel de FIN en un rincón del papel. ■
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7.25.2008

Menú

sketch or die. tomado de Las historias de Eduardo de Yaguas)

por Adán Calatayud
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Maldito día el de hoy, cien, mil veces maldito. Desperté cerca de las once de la mañana en mi cuartucho de dos por dos, salté del sofá-cama con un hambre atroz y me dirigí a la cocina, allí el panorama era desolador: nada comestible en el refrigerador ni en la despensa. Sólo me quedaba una cosa por hacer: desayuno-almorzar en el café-restaurante de la esquina para reponer energías y seguir con el día o dejar que el día pase mientras uno intenta hacer algo útil. Antes de salir a la calle pasé frente al espejo de la sala-comedor y vi a un hombre de cuarenta años terriblemente desaliñado, ese no soy yo, me dije, puedo ser desaliñado, pero no tengo cuarenta años. Cuando me dirigía al baño-lavandería para quitarme la barba de simio que cubre mi rostro sonó el teléfono: un compañero periodista, con el que venía trabajando en una investigación, tenía dos noticias para mí. Una buena y una mala, cholito, cuál quieres oír primero, preguntó; dímelas en el orden que quieras, tengo mucha hambre y todavía no desayuno, dije con aburrimiento; la buena es que publicaron nuestra investigación, dijo feliz; pero si todavía me faltaba corroborar algunas fuentes, cómo ocurrió, pregunté; me llamaron del periódico por que tenían dos páginas libres, esto no ocurre muy a menudo y tuve que decir que ya, agregó; bueno por ese lado tienes razón y cuál es la mala, dije con interés; que tuve que firmar yo, el editor del periódico no me dio tiempo para llamarte, no creas que me quise llevar el mérito solo, fueron las circunstancias, dijo acaramelando la voz; hijo de puta, le grite por el auricular; quiso decir algo más, pero cuando le menté la madre por segunda vez, colgó. Mi estómago hizo un ruido extraño y me dirigí a la calle. En el camino se me ocurrió comprar el periódico para ver si al menos habían puesto mis créditos como fotógrafo y me dirigí al quiosco más cercano. En el primer puesto de periódicos se había agotado, en el segundo igual, en el tercero lo mismo, sólo me quedaba buscar el periódico en un supermercado, pero el más cercano estaba a media hora de camino y mi estómago volvió a crujir: tenía que comer cuanto antes y me dirigí al café-restaurante. Al llegar todas las mesas estaban ocupadas y tuve que sentarme frente a un anciano que se sacaba pelos de la nariz, pedí mi acostumbrado bistec a lo pobre y a los cinco minutos llegó un tipejo desarrapado que sin pedir permiso se sentó en mi mesa, el anciano lo miró y empezó a sacarse pelos de la oreja mientras tomaba su sopa. Estaba demasiado furioso como para aguantar algo más y cuando estuve a punto de pedirle que se largara, el susodicho sacó de uno de sus bolsillos posteriores el periódico que yo había buscado hacia algunos minutos, lo estiró y se puso a leer. Devoré mi entrada y esperé a que le trajeran su comida para pedirle prestado el periódico. El tipejo pidió una sopa y tallarines verdes con hígado frito. Cuando le trajeron la sopa, con la mano derecha puso el periódico a la altura de sus ojos y con la izquierda se llevaba cucharadas de comida, la escena me pareció absurda, pero me dije que cuando trajeran sus tallarines seguramente dejaría el periódico y que en el tiempo que demoraría la preparación de mi bistec podría ojear mi reportaje. Cuando llegaron sus tallarines cambió de página y volvió a poner el periódico frente a sus ojos y usando el tenedor con una habilidad magistral hizo un rollo con el hígado frito y lo engulló sin mirarlo, hizo lo mismo con los escasos fideos de su plato, luego bebió su refresco, pagó la cuenta y salió a toda prisa del lugar; yo quedé tan sorprendido que no atiné a decir nada. Al minuto llegó mi bistec y lo comí con desgano, me dije que lo mejor sería ir a casa a seguir durmiendo. Mientras abría la puerta se me ocurrió que de seguir con la rutina, tarde o temprano terminaría haciendo lo mismo que el sujeto de los tallarines y empecé a imaginarme limpiando mis dientes a la vez que me vestía, escribiendo mis notas sentado sobre el inodoro, ingiriendo un desayuno-almuerzo-cena y me dije que debía hacer algo para terminar con esta situación: nunca más compartiría una investigación a menos que fuera inevitable tener compañero; sería fotógrafo o reportero, nunca los dos a la vez; compraría una cama para dormir, un mueble para leer, me mudaría a un lugar con una habitación, una sala, un comedor, cocina y baño independientes; desayunaría, almorzaría y cenaría. Todo eso estaba bien, pero el problema estaba en cómo conseguiría dinero para todo eso, no quise pensar más y me dormí.


Hace algunos minutos me despertó el teléfono: mi “medio” hermano me proponía entrar “a medias” en un negocio que no tiene pierde, la plata está botada, dijo; mientras hablaba empecé a imaginarme comiendo tallarines verdes a la vez que leía el periódico y le dije que lo pensaría y lo llamaría. Desde que colgué han pasado más de veinte minutos y no puedo dormir por temor a soñar con el hombre de los tallarines.
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7.11.2008

ESCRITOR ENCUBIERTO

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por Adán Calatayud


11 am, Pueblo Libre. Convenzo a un amigo que me permita reemplazarlo en la presentación del último libro de un escritor reconocido.

8 pm, Colegio Raimondi-La Molina. Una italiana castaña de enormes ojos negros y silueta de infarto provocan en cualquier hombre un efecto Henry Miller, pero los motivos que me han traído a este lugar excluyen cualquier intento de flirt. Una “vaca sagrada” sale de su destierro voluntario para presentar su última novela; sin duda una gran oportunidad para colarme entre los ayayeros, esperar el momento preciso para abordarlo, hacer un comentario inteligente de su libro, esperar a que me reconozca (hace cinco años fui muy asiduo a los talleres de narración que dictaba con desgano para agenciarse unos soles) y pedirle (rogarle, suplicarle si fuera el caso) que revise el manojo de textos que traigo en este trajinado maletín. Si me reconoce y acepta leer los cuentos le insinuaré mi gran anhelo: “que un escritor tan importante como él escriba el prólogo de mi primer libro de cuentos”. Mientras espero que inicie la ceremonia bebo algo, pruebo un bocadillo, voy de un lugar a otro, tomo fotografías de los asistentes y la italiana no deja de mirarme. La miro de reojo, imagino sus formas bajo el vestido, calculo los infinitos instantes de placer que podría vivir esta noche con ella y digo no, nuestra atención está reservada para aquel viejo entrañable que hace un cuarto de siglo escribió una de las mejores novelas que he leído.

Una hora más tarde. El escritor nunca llegó, arrugué mis papeles y los metí como pude en la maleta. Guardé los equipos que por esta noche me convirtieron en un gran fotógrafo y me dirijo a la salida. En el umbral un vestido negro corto, con un escote generoso pasa frente a mis ojos y recuerdo a la italiana, cambio de dirección y enrumbo a la mesa de bebidas, cojo una copa de vino y busco, exploro la sala en pos de la silueta que contemplara una hora atrás. La encuentro en un rincón, conversando con un fotógrafo de algún medio desconocido, persigo su mirada por unos instantes y cuando la encuentro, parece no acordarse de mí. No debí guardar la cámara fotográfica, pienso. La italiana y su acompañante parecen dispuestos a salir del local, ella lo coge del brazo, pasan por mi lado y alcanzo a escuchar que él se gana la vida como fotógrafo, pero en el fondo quiere ser escritor, está preparando un libro de cuentos; ella escucha admirada, yo bebo mi copa de vino y se me ocurre que es el trago más amargo que he probado en mi vida.


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